-Bueno, ¿y qué quieres tomar?
-¿Tienes algo sin gas?
-Sí. Aquarius. ¿Te vale?
-“¡Oki!” –ella pronunció aquella expresión con una felicidad alucinante. Se la veía sinceramente contenta de estar ahí. Abril cogió el bote que Adam le tendía. Se lo bebió todo de un trago.
-¡Eh! No te voy a dar más, abusona.
-Tranquilo, tonto, no te lo iba a pedir.
Ella sonrió una vez más. Él era muy alto, y ella tal vez muy poquita cosa para él, pero aún así, Adam estaba empezando a obsesionarse con ella.
-¿Tienes algo sin gas?
-Sí. Aquarius. ¿Te vale?
-“¡Oki!” –ella pronunció aquella expresión con una felicidad alucinante. Se la veía sinceramente contenta de estar ahí. Abril cogió el bote que Adam le tendía. Se lo bebió todo de un trago.
-¡Eh! No te voy a dar más, abusona.
-Tranquilo, tonto, no te lo iba a pedir.
Ella sonrió una vez más. Él era muy alto, y ella tal vez muy poquita cosa para él, pero aún así, Adam estaba empezando a obsesionarse con ella.
Abril traspasó la puerta oscura y se adentró en la guarida de Adam. Se quedó alucinada.
-Dios…¡es increíble!
-¿Qué?
-¡Dibujas genial!
-Ah…eso… -Adam sonrió con timidez y comenzó a explicarle cada historia que encerraban sus bocetos.
Ella se sentó en el puf mientras él iba describiéndole cada dibujo. En mitad de uno de los relatos, Abril se levantó.
-¿Puedo?
-Adelante. Pon lo que quieras.
Ella tenía el iPod plateado de Adam entre sus manos. Seleccionó algo que pareció gustarle y le dio al “play”.
-Oh. Muy buena.
-Lo sé. –Ella le miró con picardía. “Sunday Bloody Sunday” reverberaba en aquellas cuatro paredes. Pero antes de que empezase el estribillo, la Blackberry roja de Abril empezó a sonar con otra melodía chillona.
Ella la sacó de sus vaqueros pitillos, la miró, hizo una mueca extraña con la cara y la volvió a guardar.
-¿Qué?
-Tengo que irme.
Adam no sabía si sería muy descarado preguntarle o no…estaba dudando…al fin y al cabo no la conocía tanto como para tener esas confianzas…¿no? Bah. Qué coño…
-¿Por qué?
-Hmm. Sí. Bueno. Ya quedamos otro día, ¿vale? Lo siento, de verdad. ¿Me acompañas abajo?
Ella tenía una expresión difícil de descifrar. ¿Lástima? ¿Enfado? Adam no habría sabido decir con claridad. Optó por acompañarla escaleras abajo sin decir nada más. Le había esquivado la pregunta. Quizás se había extralimitado.
-Oye, Abril, siento haber sido un cotilla…de verdad. Si tienes que irte por motivos person— Adam se quedó con la palabra en la boca cuando ella le cortó de golpe con un beso en la mejilla. Un beso fuerte.
-Perdóname tú a mí. No hemos estado casi nada de tiempo al final. Ya te lo contaré. No te preocupes. No eres cotilla. En serio. –Ella clavó sus pupilas en las pupilas de Adam. Un escalofrío recorrió su nuca. Él, sin pensárselo dos veces, la abrazó. A ella le pilló desprevenida, y tardó un par de segundos en reaccionar y devolverle el abrazo. Es tan…grande. Alto. Reconfortante. Inspiró su aroma masculino.
-Sabes que, aunque nos hayamos conocido hace nada, si te pasa algo puedes contar conmigo –Adam le susurró aquello al oído. Bajito. Sensual. Tierno. Abril, aprovechando que él no la veía, derramó una lágrima. Se la enjugó con rapidez y con cuidado de no borrarse la raya del ojo. Si tan solo supieras…
Él le devolvió el beso en la mejilla, tomando su pequeña cara entre sus manos. Es tan delicada. Pero a la vez tan…mujer.
Se miraron una última vez, y ella estuvo a punto de decir algo, pero lo pensó mejor y simplemente le dijo “hasta pronto”.
Adam no se sentía con ánimo de hacer nada, pero aún así se cambió de ropa y salió al jardín a tirar unas canastas. Así me despejo un poco. Mientras saltaba, apuntaba y encestaba no pensaba en nada más. Pero cuando por fin paró tras 45 minutos jugando, se dio cuenta de que estaba reventado, e inevitablemente toda la escena de Abril le llenó la mente. El beso. El abrazo. Esas palabras.
Se tumbó en el césped y se puso a mirar las nubes. Era algo que solía hacer cuando era pequeño, y hacía tiempo que no practicaba. Dejó volar la imaginación.
Se tumbó en el césped y se puso a mirar las nubes. Era algo que solía hacer cuando era pequeño, y hacía tiempo que no practicaba. Dejó volar la imaginación.
-¿¡Adam!?
-Estoy abajo.
La voz de su madre salía por la ventana de su habitación. Ella se asomó.
-¿Qué haces ahí? Vas a coger frío.
-Ya subo. ¿Qué hora es?
-La una.
-Estoy abajo.
La voz de su madre salía por la ventana de su habitación. Ella se asomó.
-¿Qué haces ahí? Vas a coger frío.
-Ya subo. ¿Qué hora es?
-La una.
Adam se incorporó, se sacudió el césped que se le había quedado pegado a la ropa e inspiró con fuerza. Se sentía mucho mejor. Tenía claro lo que iba a hacer.