Y así, a las cinco de la tarde, en vez de estar estudiando duramente, Adam estaba echando una partida a un juego de combate contra Andrea.
-¡No! ¡No es justo!
-Ahhh…¡se siente! –Él le sacó la lengua. –y el ganador es…¡Adam!
-Has hecho trampas.
-Qué va.
-Me has distraído. Echamos otra. Si esta vez ganas admitiré que has sido el mejor.
-Vale. Pero no vale hacer trampas.
-¡Pero si eres tú…!
-Shhh. Venga, que empieza.
Comenzaron a darle con rapidez a los botones de la consola. Justo cuando parecía que él iba a volver a ganar, Andrea le empujó ligeramente. Él perdió la concentración y el muñeco de Andrea aprovechó para darle muchas patadas al de Adam.
-¡Eh! ¡¿Pero qué es esto?!
Adam trató de quitarle el mando a Andrea. La agarró de las manos. Ella sostenía el mando con fuerza, pero ya no jugaba. Se reía. Le estaba pidiendo que la dejara tranquila. Él no la soltaba. El espacio que les había separado antes en aquel gran sofá se redujo, y estaban pierna con pierna, mano sobre mano. Él pudo aspirar el aroma de esa colonia. Recordó sin querer el día en que la compró por Navidades. Lo mucho que le había costado elegirla con Aitana, y al final cuando se la dio a Andrea le hizo mucha ilusión. “Justo la que quería”, fue lo que dijo. Y aquella noche fría de invierno se abrigaron con el calor humano de una noche de sexo. Y ahí estaba otra vez. Ese olor. Adam inspiró de nuevo. Le gustaba mucho.
-¡No! ¡No es justo!
-Ahhh…¡se siente! –Él le sacó la lengua. –y el ganador es…¡Adam!
-Has hecho trampas.
-Qué va.
-Me has distraído. Echamos otra. Si esta vez ganas admitiré que has sido el mejor.
-Vale. Pero no vale hacer trampas.
-¡Pero si eres tú…!
-Shhh. Venga, que empieza.
Comenzaron a darle con rapidez a los botones de la consola. Justo cuando parecía que él iba a volver a ganar, Andrea le empujó ligeramente. Él perdió la concentración y el muñeco de Andrea aprovechó para darle muchas patadas al de Adam.
-¡Eh! ¡¿Pero qué es esto?!
Adam trató de quitarle el mando a Andrea. La agarró de las manos. Ella sostenía el mando con fuerza, pero ya no jugaba. Se reía. Le estaba pidiendo que la dejara tranquila. Él no la soltaba. El espacio que les había separado antes en aquel gran sofá se redujo, y estaban pierna con pierna, mano sobre mano. Él pudo aspirar el aroma de esa colonia. Recordó sin querer el día en que la compró por Navidades. Lo mucho que le había costado elegirla con Aitana, y al final cuando se la dio a Andrea le hizo mucha ilusión. “Justo la que quería”, fue lo que dijo. Y aquella noche fría de invierno se abrigaron con el calor humano de una noche de sexo. Y ahí estaba otra vez. Ese olor. Adam inspiró de nuevo. Le gustaba mucho.
Miró a Andrea a través de los cristales de sus gafas de montura al aire. El color de sus ojos no era nada especial. Un marrón avellana corriente. Pero eran las arrugas de sus párpados al sonreír, sus labios rosados formando una perfecta sonrisa, y aquellos dientes grandes y blancos que parecían no sentir vergüenza con cada carcajada. Él había empezado a hacerle cosquillas. Al final acabaron medio tumbados. Ella estaba hecha un ovillo sobre sí misma, protegiendo el mando con sus brazos y evitando con sus codos que él siguiese haciéndola cosquillas en su tripa.
Después de la intensidad de los sucesos de los días anteriores, Adam no lo dudó. No quiso desaprovechar esa oportunidad.
Se acercó más a la cara de Andrea. Le dio un beso juguetón justo debajo de la oreja. Y ella, en lugar de apartarse, se giró, le miró directamente a los ojos, le sonrió y le besó. Al principio el beso fue como un soplo de brisa fresca en verano. Los dos lo necesitaban. Lo habían ansiado desde que ella le abrió la puerta. Y de pronto, tras esa suave brisa, se desató la tempestad. Se conocían al milímetro. Sabían cuáles eran las posturas más cómodas, los besos más tiernos, las caricias más atrevidas. Era como jugar a un juego con trucos.
Se acercó más a la cara de Andrea. Le dio un beso juguetón justo debajo de la oreja. Y ella, en lugar de apartarse, se giró, le miró directamente a los ojos, le sonrió y le besó. Al principio el beso fue como un soplo de brisa fresca en verano. Los dos lo necesitaban. Lo habían ansiado desde que ella le abrió la puerta. Y de pronto, tras esa suave brisa, se desató la tempestad. Se conocían al milímetro. Sabían cuáles eran las posturas más cómodas, los besos más tiernos, las caricias más atrevidas. Era como jugar a un juego con trucos.
Ella tiró el mando al suelo. Cerró los ojos y se dejó llevar. Le abrazó. Se tumbó encima de él. Adam acariciaba su espalda como si fuera una guitarra. De arriba abajo. Sólo quería quitarle el vestido, pero no sabía si era todavía demasiado pronto para abandonarse así a la pasión.
Ella pareció leerle la mente, porque empezó a desabrocharle la camisa que se había puesto. Él entonces no lo dudó. Se quitó las deportivas con los pies y agarrando a Andrea de la cintura comenzó a bajarle los leggins grises que llevaba. Como la postura no propiciaba aquel gesto, ella se sentó y él se levantó, se arrodilló delante de ella y le bajó con sensualidad lo que le quedaba de tela cubriendo sus bronceadas piernas. Cuando hubo terminado, Andrea se levantó y le quitó por completo la camisa.
Ella pareció leerle la mente, porque empezó a desabrocharle la camisa que se había puesto. Él entonces no lo dudó. Se quitó las deportivas con los pies y agarrando a Andrea de la cintura comenzó a bajarle los leggins grises que llevaba. Como la postura no propiciaba aquel gesto, ella se sentó y él se levantó, se arrodilló delante de ella y le bajó con sensualidad lo que le quedaba de tela cubriendo sus bronceadas piernas. Cuando hubo terminado, Andrea se levantó y le quitó por completo la camisa.
Él, con el torso desnudo, ella, con las piernas descubiertas, y un abrazo que los fundió en una única persona. Ahí estaban. Recordando viejos momentos. Olvidados. Y el dolor que un día les hizo añicos el corazón quedaba reemplazado con el cariño de aquellas caricias. Un beso más, y otro, y otro. Él la cogió aúpa. Ahí estaba ella enganchada con sus piernas y brazos al torneado cuerpo de Adam. Él, tal y como había deseado en sus pensamientos momentos antes, la llevó hasta su cuarto y la tumbó en la cama. Ella le ayudó a quitarse el vestido. Llevaba un conjunto color crema de lencería sencilla que se ceñía a su cuerpo resaltando algunos kilos de más. Pero a él no le importaba si era más ancha o no que otras chicas. Verla ahí tumbada significaba que nada había cambiado. Todo seguía como debería haber seguido. Él y ella, juntos. Amándose.