2.2.12

Veinte y Tres.

Lejos, aunque no demasiado, una chica lloraba encerrada en el lavabo de una casa antigua.
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Veamos. Zapatillas perfectas, los vaqueros de la suerte, y una camisa bastante decente. Se miró al espejo. Se gustó, y decidió no darle más vueltas a su aspecto. Para alargar al máximo el proceso había revisado su armario de arriba abajo con calma, pensando qué ropa elegir. Aquello era algo que su hermana Kat le había enseñado desde que tenía memoria. Debía elegir cómo combinar los colores, los tejidos, qué prenda era más apropiada para ocasión,… También le enseñó lo que le gustaba generalmente a las chicas que llevasen los chicos, y gracias a eso tuvo unas cuantas citas exitosas.
Fue al baño a peinarse. Ya iba siendo hora de cortarse el pelo, pero Abril le había dicho que le encantaba lo largo que lo tenía. El nudo de su estómago volvió a formarse. Cambió de pensamientos y se puso a leer la etiqueta del bote de laca con detenimiento. Laca fijadora extrafuerte. Dios, parezco gilipollas. Pero la idea funcionó, y dejó de pensar en Abril para ponerse a pensar en cómo se colocaría aquella cantidad de pelo indomable.
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-¡Abril, abre la puerta!
-¡No! Quiero estar sola. Déjame, por favor.
Aquel puño seguía golpeando con fuerza la puerta del aseo donde ella se había refugiado.
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Decidió ponerse en el ordenador una de sus películas favoritas, “El Padrino”. Además, con lo larga que era ocuparía las horas que le quedaban hasta coger el autobús hacia Madrid.
A las 22.20 en punto Adam ticaba con su abono verde para dirigirse a su cita con Aitana. Tal y como ésta le había sugerido, había apagado el móvil y no lo volvería a encender a menos que fuese estrictamente necesario. Sacó su iPod de sus vaqueros y se puso unos auriculares pequeños mientras seleccionaba uno de sus álbumes preferidos. Con la voz de Roger Waters recorrió los veinte-muchos kilómetros que le separaban de la capital.

-¡Hola! ¡Pero mírate qué guapo!
Aitana le dio dos besos y un abrazo.
-¡Hacía demasiado tiempo que no nos veíamos!
-Ya, bueno, ¿puedes dejar de gritar?
Él estaba sonrojado. Ella no dejaba de mirarle de arriba abajo. Hacía tiempo que Aitana guardó sus sentimientos por Adam en un rincón de su corazón y prometió no enamorarse de su amigo. Pero era difícil resistirse a su presencia física y a su agradable compañía.
-¿Me tengo que presentar yo?
-No. A ver, tonto. Éste es Daniel. Él es Héctor. Él es Mario. Y éste es Alex.
-¿Qué hay? Me llamo Adam.
Los chicos se miraron sin saber muy bien qué decir.
-Y ésta es Sara.
-Hola. Soy Adam.
-Encantada.
-Y ella es Ana María.
-Un placer.
-Hala. Ya estamos todos. ¿Vamos a beber?
La primera hora y media la pasaron de botellón en el parque que había bajo el faro de Moncloa. Después de acabarse el Ron Almirante del Mercadona y el Vodka Negro Eristoff, decidieron que estaban listos para entrar en la discoteca Inn.
-Las chicas deberíamos pasar gratis antes de la 1.30, así que vámonos a dar prisa.
A los chicos al final les tocó pagar por entrar con una consumición, pero el sitio merecía bastante la pena. Era amplio, música para bailar todo lo que querían y más, y un ropero con un precio razonable.
-El próximo día vamos a Fun.
-Tú, que eres un pijo. Ya lo sabes, Héctor, no todos podemos pagar aquello.
-Sois unos exagerados. El sitio está muy bien.
Cuando llegaron a la pista sonaba una canción antigua de samba. Adam no estaba muy cómodo, y no dejaba de pensar en lo que había ocurrido por la tarde.
-Ven acá, lerdo. Sé en quién piensas, y no deberías. Vamos a bailar un rato.
Así que Aitana obligó a Adam a moverse al compás de aquella horrible canción. Si fuese algo de Guetta, todavía…

Veinte y Dos. (Gracias, lectores!)

Y tal y como minutos antes había hecho Aitana, le colgó sin que él pudiese decir nada. Se quedó sin saber qué hacer. Miraba el móvil ensimismado. De pronto la luz de la pantalla se encendió. Descolgó.
-Pero bueno, Adam, ¿te ha dado cagalera, o qué?
-No, joder. Me ha llamado la chica esta…no sé qué hacer. Estoy en shock. ¿Te importaría que te contase todo en otro momento? No estoy muy bien que digamos.
-¿Qué te ha hecho la zorra esa? ¿Tengo que coger un autobús y pegarla?
-Que no. Lo siento, Aitana. Pero estoy, no sé…entre esto y lo de Andrea… creo que me voy a ir a dormir.
-¡¿Ahora?! Pero si son…¡las 7! No, no. Tú te vienes conmigo de juerga.
-Eh…no flipes. Ni de coña.
-Adam. Sí. Me lo debes.
-¿Y eso?
-Pues no sé si te acordarás de aquella vez que…
-Oh. No. Eres odiosa. Te odio. Te re-odio. Dos veces. ¿Me oyes?
-Lo sé. Yo también te quiero. Así que… ¿te gusta la Inn, verdad?
-Qué remedio…al menos, tus amigas…¿son guapas?
-No te entiendo…tienes problemas con 2 faldas…¿para qué quieres más?
-Estaba de coña, joé… hay que ver cómo te lo tomas todo. Bueno. Dime. ¿A qué hora y dónde?
-En Moncloa a las 11.30. Tienes mucho tiempo libre ahora. Te recomiendo que apagues el ordenador (porque seguro que estarás metido en su tuenti mirando sus fotos y viendo cómo abraza a otros chicos) y eso no es nada bueno para ti… y también te recomiendo que apagues el  móvil y no te pongas a releer los mensajes que te ha enviado esa tipa.
-Abril.
-¿Qué? Mayo. Yo también sé jugar.
-No, estúpida. Se llama Abril.
-¡Ah! Vale. Joder. Bueno, pues eso. Te conozco, pequeño “padawan”. Nada de electrónica. Sólo te permito música, cuaderno y lápices. Con la cabeza confundida es cuando mejor dibujas. Y ya sabes que adoro tus dibujos.
-Vale. Calma. Me saturas. Nada de móvil ni ordenador. Captado. ¿Algo más, mi comandante?
-Sí, cuando vengas no habré cenado. Párate en el McDonal’s de Plaza Castilla y píllame algo anda.
-¡Vaya cara más dura tienes, Aitana!
-Veeeengaaa. Te presentaré a una amiga…con solo decirte su nombre…se llama Septiembre. ¿Son ésas las que te ponen, no?
-Estúpida. Te odio. Y ya van 3 veces.
-Creo que me odias más de 3 veces, pero también sé que me quieres el doble. Así que te dejo.
-Bah. Me las pagarás. Quiero un baile de “reguetón” contigo.
-Me niego.
-¡Ah! Si yo voy a Madrid a una discoteca tú bailas “reguetón” conmigo o no voy. –Adam sabía lo mucho que ella odiaba aquel baile.
-Dios.
-¿Dígame, señorita?
-No, memo, que yo también te odio.
-Ya, pero me quieres…¡el triple! ¿A que sí?
-Sí, seguro. Anda. Hazme caso. ¡Un beso, pipiolo!
Y volvieron a colgarle por tercera vez en aquella tarde.  Estaba ahí, de pie, en mitad de su cuarto, y no sabía qué hacer. Tenía una tarde demasiado larga por delante como para quedarse quieto pensando. Debía evitar pensar a toda costa, o la extraña conversación con Abril le amargaría la fiesta.
Decidió empezar por elegir ropa para aquella noche.