11.7.11

Diez y Nueve (considerablemente largo).

Andrea le quitó los vaqueros y le acarició los bóxer rojos de Calvin Klein. Uff. Él cambió de postura y la tumbó debajo de él. La agarró de las muñecas y le recorrió el pecho con besos. Mordió el sujetador de forma juguetona. Le pidió que se arquease y se lo desabrochó. Dejó al descubierto dos senos de piel pálida. Los besó. Con fuerza. Y los mordió. Ella se quejó entre risas nerviosas. Hacía un calor asfixiante. Tiraron el edredón al suelo. Él volvió a colocarse encima de ella, y la besó el ombligo. Y el hueso de la cadera. Y con delicadeza cogió el borde de las braguitas y lo fue deslizando hacia abajo. Piel bronceada. Piel más pálida. Cabellos rizados. Piel muy pálida. Ahí estaba. La miró a los ojos, pero ella los tenía cerrados de placer. Andrea estaba aguardando que él se dedicase a complacerla. Pero él quiso hacerla sufrir un poquito más.
La besó en las ingles. En las caderas. Muy cerca. Pero sin llegar a rozarla en su punto débil. Ella temblaba con cada beso.
-Andrea. Relájate.
Adam se lo susurró con la voz entrecortada. Casi no podía hablar de la emoción. Al final, no aguantó más, y le dio placer. Ahí. Con fuerza. Con pasión. Ella estaba extasiada. Movía las caderas al ritmo del brazo de Adam.
Cuando ella profirió un pequeño gemido, él no pudo más. Bajó de la cama, cogió el pantalón del suelo y metió la mano en el bolsillo. Abrió el envoltorio y se lo colocó. Volvió a la cama, se tumbó encima de ella y la miró. Pero ella no resistió la espera. Alzó la cadera, y…sucedió. Una corriente eléctrica les sacudió a ambos.



-¿Te veo mañana?
-No creo. Tengo que estudiar algo. Sólo me queda una semana para el examen.
-Está bien. Pues ya me dices tú cuándo puedes quedar, ¿vale?
-Va. Bueno, adiós Andrea. –Adam le dio un beso suave en los labios y salió del dúplex. Detrás dejaba un envoltorio gastado, gotas de sudor en la cama de Andrea, y un agitado corazón que esperaría con ansia que él le devolviese la llamada. Era extraño. Ahora él tenía el poder. Las riendas de la situación. Se sentía ligero. Extraño. No sabía muy bien lo que quería. Había alcanzado al fin su sueño frustrado, y ahora se sentía vacío. Ninguna emoción le alteraba. Ataraxia.


-¿Qué tal con Aitana?
-Ah. Sí. Bien. Como siempre.
-Me alegro. Ha llamado una chica a casa. No me ha dicho su nombre. Ha preguntado por ti y le he dicho que no estabas y ha dicho que ya te llamaría más tarde.
-Ah. Vale.
-¿Quién era? –preguntó intrigada su madre.
-No sé. Me acabas de decir que no ha dicho su nombre.
-Ya, pero a lo mejor sabías quién era…
-Que no. Bueno. Me subo a ver si estudio algo.
-Vale. ¿Cenarás hoy aquí?
-Supongo. ¿Por?
-No, como es viernes yo me voy a ir con Mabel a tomar algo por ahí.
-Ah. Es verdad. Pues. No sé. La verdad es que no sé qué haré. Ya veré.
Subió las escaleras de su habitación y se quedó pensativo en el marco de su puerta. ¿Quién me ha llamado? ¿Abril? Podría haberme llamado al móvil. No entiendo. Qué raro. Decidió dejarlo pasar y entró al fin en su habitación. Echó una ojeada al calendario a ver si tenía algún plan para ese finde, pero salvo la palabra grande y roja “ESTUDIAR” no tenía nada más interesante. Se dejó llevar por la debilidad  y encendió el portátil. Sólo un segundo. A ver si encuentro algo que hacer esta noche. Pero justo cuando estaba tecleando la contraseña del tuenti sonó el teléfono de casa.

-¿¡Adam!? ¡Es para ti!
-¡Ya voy! –se levantó de la silla, fue hasta el cuarto de su madre y descolgó el cacharrito.
-¿Diga?
-Hola. ¿Adam?
-Sí. ¿Quién eres?
-Noa.
-¡Ah! ¡Hola! ¿Has sido tú la que ha llamado antes a mi casa?
-Sí. No tenía tu móvil pero tu teléfono aparecía en una de las listas informativas de clase.
-Ah. Bueno, y ¿qué tal? –No sabía muy bien qué decir. Le caía bien Noa pero no sabía cómo tratar a aquella chica reservada. Ella le sacó del incómodo silencio.
-Verás. Te llamaba por si tú sabías algo de Abril.
-¿Abril? No. Esta mañana estuvo aquí pero se fue muy pronto.
-¿En tu casa?
-Sí. Es…porque…vino a devolverme unas láminas de dibujo. –Adam improvisó con rapidez. Realmente era una estupidez, ellos dos no tenían nada que ocultar, pero, sin saber porqué sintió la necesidad de mentirle.
-Bueno. Lo que sea. ¿Y no sabes dónde está ahora?
-No. Llámala.
-Ya lo he hecho. A su casa. Al móvil. Varias veces. Y le he dejado varios mensajes. Pero nada. No hay manera. Estoy preocupada.
-¿Por?
-Ah…no…bueno…pues porque es raro que no conteste, ¿no?
-Sí. Lo habrá dejado en silencio. No le des más vueltas. Espera, a ver si está en el tuenti, aunque lo dudo.
Adam se metió en su cuarto y echó un vistazo al ordenador.
-Pues no. Pero bueno, que no le des más vueltas, de verdad. ¿Es urgente?
-Sí. No. En realidad es una tontería. Da igual. Gracias, no te molesto más.
-Está bien. Como quieras. Ya hablaremos. Adiós.
-Chao.