23.2.11

Ocho. (Mellon, c'est fini)

Él, sin un plan mejor, había decidido reunirse con Andrea en la cafetería de Periodismo, donde ella estudiaba desde hacía dos años. La chica llevaba el pelo recogido en un moño desenfadado. Llevaba unas gafas con montura al aire, perlas, un jersey rosa y unos vaqueros sencillos. Unas All-star blancas cubrían sus pies. Sus favoritas. Pensó Adam. Él conocía a Andrea extremadamente bien. Habían compartido muchas noches furtivas, en las que se habían escapado con sigilo a las tres de la mañana de sus habitaciones para encontrarse en algún parque de su inmensa ciudad, y amarse bajo la tenue luz de la luna, en alguna noche calurosa primaveral. Pero todo aquello había quedado atrás. Demasiado tiempo sin verla. Sin rozarla. Sin besarla. Sin embargo, al verla se extrañó mucho, pues no sintió ese vuelco de estómago que solía sentir al pensar en ella. No.
La vio. Le pareció hermosa. Radiante. Pero nada más. No era para nada la sensación que creía que iba a tener después de tanto tiempo.

-La comida estaba buena, ¿verdad?
-Sí, aunque prefiero la de mi “cafe”.
-Bah, quejica. Encima que te he invitado yo.
-Bueno, venga, gracias. –Adam iba recordando poco a poco más y más cosas de su antigua relación con Andrea, y a cada palabra que intercambiaban, él iba volviéndose a enamorar lentamente. Porque pocas cosas hay tan ciertas como “Quien tuvo, retuvo”.

Adam apareció a las 8 por su casa. Su madre estaba un poco preocupada porque éste no había avisado de que llegaría tan tarde. Él terminó excusándose y diciendo que había estado estudiando toda la tarde para el examen del sábado siguiente. Era una cruel mentira, puesto que odiaba mentirle a su madre, y mucho más mentirse a sí mismo. Sabía que debía haber estudiado, pero no había abierto el libro desde hacía semanas. El examen era dentro de una semana y media, pero su cabeza no estaba para el Derecho, ni mucho menos.

Cenó con calma mientras su mente estaba absorta en Andrea. Perdido completamente. ¿Cómo había sido capaz? Parecía que ya la había olvidado, y sin embargo ahí estaba otra vez. Él no lo sabía, pero había pasado de no dejar de pensar en Abril a olvidarla por completo. Andrea. A. Ene. De. Erre. E. A. Aquellas letras llenaban su cabeza, y la imagen perfecta de ella lo acompañaba. Me estoy volviendo loco.
Ayudó a su madre a recoger la cocina y se sentó con ella a ver un programa de viajes. Pero un sms repentino le distrajo de aquella familia que contaba maravillas sobre las islas hawaianas.
“Te veo a las 4 n la puerta d tu ksa. Traeme las laminas d dibujo q a mandad oy y t las copio.”

Siete. (Maca, lo prometido es deuda)

Sea como fuere, Adam logró meterse otra vez en su cama, y aunque llevaba dos meses soñando con Andrea, día sí y día también, por primera vez su mente se centró en otra persona, e inevitablemente pasó las dos horas siguientes soñando con aquella chica, simplemente rememorando una y otra vez el suceso tan extraño que minutos antes había ocurrido.

La mañana del jueves transcurrió con el aburrimiento característico de las clases de Álgebra los días que les tocaban a primera hora. Adam se pasó las dos horas seguidas de Álgebra dibujando en su cuaderno. Siempre le había gustado y se le daba bien. En sus bocetos no dejaba de esbozar el rostro de Abril. Su compañero de mesa, un chico que había pasado a ser uno de sus mejores amigos allí en clase, le preguntó que quién era esa chica. Adam, nervioso y tenso, respondió que era un personaje de cómic japonés.
Tras ese momento de vergüenza, Adam decidió guardar su cuaderno y trató de prestarle atención al profesor, aunque sin mucho éxito, pues continuamente desviaba su mirada hacia el sitio en el que Abril debería estar sentada, y sin embargo no estaba allí.

El resto del día se desarrolló entre ejercicios de Expresión Gráfica y preguntas constantes de los compañeros. Para Adam, aquella asignatura era su preferida y siempre sacaba sobresaliente en todos los ejercicios que la profesora les proponía. Era por esta razón que siempre, al subir al aula de diseños gráficos todos le pedían ayuda para resolver los problemas. A él le daba un poco igual, siempre estaba dispuesto a echarle un cable a todos, pero ése día estuvo muy borde y cortante, así que sus compañeros acabaron por alejarse.
Tenía que admitirlo. Estaba poniéndose nervioso. Quería ver a Abril y preguntarle infinidad de cosas, pero ella no había aparecido en toda la mañana, ni le había llamado ni nada parecido. Y sin embargo, extrañado, se dio cuenta de que no había pensado en Andrea hasta que ésta le mandó un sms: “Qdamos para comer? Me aptce vert. Un bso.”

Seis. (siento el retraso!)

-Fácil. Se lo diste a un chico de clase, nunca me acuerdo de su nombre. Le vi, y le dije que andaba detrás de ti, que si me lo daba. Por supuesto es mentira, no te vayas ahora a flipar.
-Vale. Como sea. Supongo que te referirás a Toni, que va conmigo a la academia.
-¡Sí! ¡Ése!
-Shh. Baja la voz, que no sé si está prohibido estar a estas horas aquí charlando tan ricamente.
Una sonrisa cruzó el rostro de Abril. Duró un segundo, pero fue suficiente para que Adam la viese. Y le gustó. Mucho. Unos colmillitos pequeños, blancos y afilados destacaban entre toda su perfecta dentadura. Era una de las cosas que más le gustaba observar en la gente: sus sonrisas. Y la de ella era preciosa.
-¿Qué miras?
-Nada. Bonitos… -labios- …pendientes. Son muy originales.
Era verdad. Volvía a llevar las huellas de pie en una de sus orejas.
-Gracias. Fueron un regalo.
Adam ya no supo que decir. No dejaba de darle vueltas a lo mismo: ¿por qué estoy a las 5 de la mañana con una chica a la que apenas conozco, y que encima me gusta? Con lo que me gusta Andrea. Siempre ha sido Andrea. ¿Por qué? Si esta chica tampoco es nada del otro mundo. Joder. Estúpido. Métete a dormir, anda.
-Me voy a dormir ya, que mañana va a ser duro.
-Vale. ¿Entonces no quieres saber cómo sé dónde vives?
-Hmm… vale, dímelo y me voy.
-No, no es justo. Me vas a dejar aquí fuera y eso no estaría bien. O me ofreces pasar o ya te lo cuento en otra ocasión.
-¿Qué dices? Mi madre está durmiendo. Me mataría.
-¿Y? No veo el problema.
-No, no. –Joder. Me gusta. Qué provocativa. Qué directa. Céntrate. En pocos días ves a Andrea. Céntrate. ­– Bueno, me voy ya. Hablamos mañana. Gracias por el abrigo.
-Como quieras. Pues nada, hasta mañana.
Como si se conociesen de toda la vida, ella le dio un beso en la mejilla y echó a andar calle abajo.
Adam, que todavía se estaba planteando si aquello era un sueño, se quedó parado, con el recuerdo en su mejilla de esos ardientes labios que le habían besado con más fuerza de la habitual en un beso de cortesía.

Cinco. (del jueves pasado)

A los cuarenta minutos de conversación, ella le propuso lo que él llevaba semanas deseando: que quedasen un día. El plan era simple. Ella saldría de Periodismo y se pasaría a recogerle para ir a tomar algo. Al final, Adam se despidió, y cuando colgó no pudo contenerse y se puso a bailar más contento que unas castañuelas. Sí. ¡Sí! Lo había conseguido. Uno de esos días quedaría con ella. SU Andrea. Y entonces podría pedirle explicaciones. Podría incluso pedirle una segunda oportunidad. Lo intentaría.
Con este nuevo optimismo, encendió el ordenador, buscó el álbum que grabó para la fiesta de fin de curso, y comenzó a sonar a todo volumen. Tomó su portaminas 0.5 con mina 2H y se dispuso a hacer la lámina que su excéntrica profesora les había mandado. Genial. Contento. Feliz. Esa noche las pesadillas no iban a aparecer. De eso estaba seguro. Al fin.

Jueves. 5 AM. El ligero temblor del móvil vibrando le despertó. Lo miró. No reconocía el número. “Desconocido”. Era un mensaje. Lo abrió y se quedó de piedra. “Soy Abril. Asómate a la puerta d tu ksa. Stoy aki. Sales?” Adam lo releyó unas cinco veces para estar seguro de lo que decía. Él no le había dado su número, y mucho menos le había dicho dónde vivía. El caso es que, ante la duda, decidió comprobar si todo aquello era real.
Rápidamente se vistió. Se puso unos vaqueros, una camiseta arrugada, se lavó la cara y se sacudió el pelo, que poco a poco iba creciéndole más y más. Perfecto. No era nada del otro mundo, pero estaba presentable.
Bajó las escaleras sin hacer ruido y abrió con cuidado la puerta de su casa. Casi se queda en shock al comprobar que era verdad. La chica-Rihanna estaba ahí plantada. Llevaba el mismo corte de pelo de los días pasados, sólo que en vez de tonos rojos ahora llevaba tonos azules, que hacían juego con el anorak de Adam, el cual sostenía con una mirada seductora.
-Hola. –dijo ella sin alzar mucho la voz.
-¿Pero…cómo…? –Fue lo único que pudo decir. Cogió las llaves de su casa, cerró con cuidado y se sentó en las escaleras. Ella hizo lo mismo y le tendió su anorak azul.
-Toma. Abrígate que la madrugada está muy fría.
Él obedeció. La verdad es que lo agradecía. Por fin, mi abrigo.
-Cuéntame. Me muero de la curiosidad.
-¿Por dónde quieres que empiece?
-¿Cómo tienes mi número?