24.6.11

Diez y Siete (para mis amazonas)

-¿Entonces? ¿No comes aquí?
-No, mamá. He quedado con…Aitana. –El primer nombre que le vino a la cabeza fue la escusa que puso Adam para poder ir a comer con Andrea.
-Ah. Bueno. Dale recuerdos. Dile que un día iré a ver a su abuela. ¡Y abrígate!
Que sí, mamá. Todas las madres son iguales. “Tápate, no cojas frío.” Cansado, Adam cogió el anorak azul del perchero y salió de su casa. Una bofetada de aire gélido se quedó atrapada entre los pelitos incipientes de su barba. Pues va a tener razón. Joder, qué frío. Se subió todo lo que pudo la cremallera y comenzó a andar.

Cogió el autobús que iba hasta Alcobendas. Tras andar un poco, al final llegó a la casa de Andrea. Llamó al timbre.
-¡Hola!
Ella, con una sonrisa radiante, le hizo pasar y le dio dos sonoros besos.
-Ven, estaba preparando justo la comida. ¿Te siguen gustando los macarrones, no?
-Sí, sí. La pasta es mi perdición.
Adam se sentía extraño. Conocía cada rincón de esa casa. Era un dúplex. Pequeño pero cómodo. Andrea era hija única y sus padres se pasaban el día trabajando en el hospital, así que ella disfrutaba casi siempre de la casa para ella sola. Él había recorrido cada esquina al compás de los latidos del corazón de Andrea. Besándose. Amándose. Desnudándose y dándose calor. Dolía tanto pensar en aquello que él decidió olvidarlo y adentrarse en la cocina que desprendía un olor delicioso a queso fundido.

-Bueno. Entonces ¿apruebas?
-Yo creo que sí. Cálculo me va muy bien, y Expresión Gráfica también. Aprovecharé a darle un último empujón a Álgebra y eso…
-¿Y las otras?
-Bueno…siempre he sabido que las letras no eran para mí, así que Derecho la arrastraré. Y luego Informática ya está aprobada por parciales. Así que nada… Contento, la verdad.
-Me alegro, Adam. De veras.
Andrea le sonrió y le rozó la mano. Él le devolvió la sonrisa, y se asustó. Le daba miedo volver a tener esperanzas. Pero ella estaba tan guapa. Tan…como siempre. Como siempre había sido ella. Andrea. Su Andrea. El tiempo hace mella en los corazones, y para él, un año de relación había sido más que suficiente para hacer trizas sus delicados sentimientos. Todo murió aquel horrible día. “El día del sms”, así solía llamarlo él. Pero bueno. Hoy es otro día.
-¿Qué quieres que hagamos?
Adam lo pensó. Reflexionó aquella frase. Te llevaría en brazos hasta tu habitación. Te quitaría ese bonito vestido a mordiscos. Te haría el amor de una forma tan salvaje que tus vecinos llamarían a la policía, alarmados. Se asustó del torrente de imágenes que le sobrecogieron. Sacudió ligeramente la cabeza y al final dijo la primera chorrada que se le ocurrió.
-¿Jugamos a la Xbox?