A los cuarenta minutos de conversación, ella le propuso lo que él llevaba semanas deseando: que quedasen un día. El plan era simple. Ella saldría de Periodismo y se pasaría a recogerle para ir a tomar algo. Al final, Adam se despidió, y cuando colgó no pudo contenerse y se puso a bailar más contento que unas castañuelas. Sí. ¡Sí! Lo había conseguido. Uno de esos días quedaría con ella. SU Andrea. Y entonces podría pedirle explicaciones. Podría incluso pedirle una segunda oportunidad. Lo intentaría.
Con este nuevo optimismo, encendió el ordenador, buscó el álbum que grabó para la fiesta de fin de curso, y comenzó a sonar a todo volumen. Tomó su portaminas 0.5 con mina 2H y se dispuso a hacer la lámina que su excéntrica profesora les había mandado. Genial. Contento. Feliz. Esa noche las pesadillas no iban a aparecer. De eso estaba seguro. Al fin.
Jueves. 5 AM. El ligero temblor del móvil vibrando le despertó. Lo miró. No reconocía el número. “Desconocido”. Era un mensaje. Lo abrió y se quedó de piedra. “Soy Abril. Asómate a la puerta d tu ksa. Stoy aki. Sales?” Adam lo releyó unas cinco veces para estar seguro de lo que decía. Él no le había dado su número, y mucho menos le había dicho dónde vivía. El caso es que, ante la duda, decidió comprobar si todo aquello era real.
Rápidamente se vistió. Se puso unos vaqueros, una camiseta arrugada, se lavó la cara y se sacudió el pelo, que poco a poco iba creciéndole más y más. Perfecto. No era nada del otro mundo, pero estaba presentable.
Bajó las escaleras sin hacer ruido y abrió con cuidado la puerta de su casa. Casi se queda en shock al comprobar que era verdad. La chica-Rihanna estaba ahí plantada. Llevaba el mismo corte de pelo de los días pasados, sólo que en vez de tonos rojos ahora llevaba tonos azules, que hacían juego con el anorak de Adam, el cual sostenía con una mirada seductora.
-Hola. –dijo ella sin alzar mucho la voz.
-¿Pero…cómo…? –Fue lo único que pudo decir. Cogió las llaves de su casa, cerró con cuidado y se sentó en las escaleras. Ella hizo lo mismo y le tendió su anorak azul.
-Toma. Abrígate que la madrugada está muy fría.
Él obedeció. La verdad es que lo agradecía. Por fin, mi abrigo.
-Cuéntame. Me muero de la curiosidad.
-¿Por dónde quieres que empiece?
-¿Cómo tienes mi número?
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