Tenía tutoría con el profesor de Cálculo, para ver si conseguía aclararle un par de dudas que le impedían resolver los problemas de clase que había mandado. Se dejó caer por la cafetería y pidió el menú de siempre: una ensalada de primero con filete de segundo. Sencillo, eficaz, y con los nutrientes necesarios.
Se sentó en la primera mesa que encontró vacía, quitó un par de vasos de agua que quedaban, y se dispuso a comer. Cuando ya iba por el segundo plato, dos chicas se acercaron a su mesa.
-Oye, ahí estábamos sentadas nosotras.
-Aquí no había nadie.
-Habíamos dejado la mesa reservada.
-Que yo sepa dos vasos semi-vacíos no son una señal de reserva. Si hubiese habido un abrigo o una mochila todavía, pero ¿dos vasos? Pensé que no había nadie. Buscad otro sitio para comer.
-Qué borde eres, ¿no? Por eso estás comiendo solo. –La chica que tenía el pelo cortado al estilo de Rihanna estaba harta de aquel chico que tanto la estaba fastidiando. Ella no estaba para aguantar aquello. Ésa era su mesa, no había más que hablar. El que se tendría que ir sería él.
-Mira, o te vas o…
-¿O qué? ¿Tú y tu amiga me vais a pegar? Si ella no levanta un palmo del suelo. Y tú no es que seas gran cosa.
-A ver qué te has creído, niñato. Bueno, que sí. Vámonos, que los orangutanes no atienden a razones, está visto.
Y así, ambas enfadadas decidieron marcharse a una mesa que había junto a la ventana, poco deseable por el frío que inevitablemente lograba colarse por las rendijas.
Adam acabó el filete sin muchas ganas. En otras circunstancias habría tonteado con aquellas dos, e incluso las habría invitado a comer en su mesa, pero no aquel día. Su humor iba empeorando a cada minuto. Mierda. Ya llego tarde. Con lo puntual que es el de Cálculo. ¡Mierda!
Así, con prisa, Adam cogió su mochila y dejó ahí la bandeja, y casi se lleva por delante a unos estudiantes de 2º curso que estaban intercambiando apuntes.
-¡Más cuidado, joder!
Ni un “lo siento” ni nada. Adam odiaba llegar tarde a los sitios. No era su costumbre. Y como no estaba habituado a tener que ir deprisa, en su apresuramiento se dejó olvidado el anorak en la silla.
Por suerte para él, cuando llegó al despacho del profesor éste todavía no estaba allí. Un par de compañeros más de clase estaban también allí para resolver dudas. Les saludó, tomó aliento y se sentó a esperar.
Al cabo de unos minutos apareció, y el turno de preguntas comenzó, al más puro estilo de “¿Quién quiere ser millonario?”.
Había pasado una hora metido en aquella sala minúscula, pero había merecido la pena. Ahora lo veía todo con claridad. Las letras cobraban sentido en sus apuntes. Sí. Ahora ya puedo hacer los ejercicios. Por fin, joder.
Contento –emoción poco frecuente en su estado de ánimo reciente- Adam bajó las escaleras de su escuela casi saltando. Se había quitado un peso muy grande de encima. Cálculo se le había hecho cuesta arriba desde que había empezado el curso, pero poco a poco, y dedicándole unas horillas al día había conseguido resolver las dificultades. Estaba orgulloso de sí mismo.
Lo único que volvió a arruinar su humor fue la bocanada de aire frío que le abofeteó al salir a la calle. ¡Qué frío! ¿Y mi abrigo? Adam echó memoria y subió corriendo al despacho a ver si se lo había dejado allí. Pero nada. Allí no estaba. Así que pensó que tal vez en clase. Pero miró allí, y tampoco estaba. ¡La cafetería! Se dirigió corriendo, miró en su mesa, pero no quedaba nada. Joder, ya me lo han choriceado. Putos ladrones. Joder. Joder. Joder. Una compañera de clase le vio con cara de preocupación y se acercó a preguntarle.
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