4.2.11

Tres.

-¿Qué te pasa, Adam?
-Que juraría que he dejado aquí mi abrigo. Pero ya no está. Me lo han debido de mangar.
-¿Cómo era?
-Joder, pues la chupa que llevo siempre: la azul fosforita.
-¡Ah! Pues o hay una chica que la tiene igual que tú o ha sido ella la que te la ha robado. Llevo aquí desde la hora de la comida pasando unos apuntes con Tania, y me acuerdo de tu abrigo porque te he ido a saludar y se ha girado y he visto que era una chica, y entonces he pensado: ¡vaya! ¡tienen el mismo abrigo azul cantoso! –Paula se rió con una risilla cantarina. Incluso si Adam hubiese estado atento se habría percatado del vano intento de flirtear que ella estaba haciendo. Pero Adam sólo tenía una imagen en mente: la chica-Rihanna y su amiga la “pitufa”. Se van a enterar.
-¿A dónde vas? –le dijo Paula apresurada cuando vio que Adam se iba sin ni siquiera darle las gracias.
-A buscarla.
-Iba con otra chica. Un poco más bajita. Y no sé si dijeron algo de la academia “noséqué”.
-Ah. Gracias.
Uy. Sí. Qué útil. Con todas las academias que hay seguro que las encuentro. Tendré que esperar hasta mañana. Mierda. Choriza de mierda.
Así, el humor de perros de Adam volvió a sus orígenes, y tuvo que recorrer el largo camino hasta el Metro con su fina sudadera. Él no lo sabía entonces, pero el constipado que se ganaría por aquella jugarreta no sería lo único perjudicial para su salud que sacaría de todo eso. Ni se imaginaba lo que iba a sucederle en las próximas semanas.

Un día más en el infinito calendario universitario. Miércoles de un frío mes invernal. Adam se levantó corriendo para enfundarse sus vaqueros, aunque casi le parecieron más gélidos que el propio parqué del suelo. Cogió la primera camiseta que encontró en su armario, una sudadera amarilla de forro polar y se calzó sus Nike último modelo de Air Jordan, con ribetes amarillos también. Un par de galletas, su iPod plateado, la mochila, y corriendo calle abajo para entrar en calor antes de llegar a la parada del autobús. Una vez allí, conectó la música y dio gracias de tener esos cascos tan grandes que le servían de orejeras. Otra vez la misma lista de reproducción: “On-the-go-4”, pero era su favorita, y no lo podía evitar.

El autobús tardó menos de lo habitual en llegar a Madrid. Una vez allí, la ruta era sencilla: línea 10, trasbordo y Circular hasta Ciudad Universitaria. Al menos agradecía el calor que el metro le proporcionaba. Aprovechó los minutos que quedaban para llegar leyendo un par de páginas de Derecho, que aquel día les iban a preguntar. Odiaba tener aquella asignatura dos días seguidos, pero mejor aquello que tenerla un viernes. Trató de memorizar algunos conceptos extraños, pero era inútil, sólo pensaba en Andrea. No le había devuelto las llamadas, ni los mensajes, ni siquiera le había contestado por Tuenti. Estaba harto. Mejor dicho, estaba destrozado. Su corazón goteaba dolor al compás de Switchfoot. No pudo soportarlo más, y apagó el iPod, aunque se dejó los cascos puestos para combatir el frío.

Aliviado entró en el aula. El tenue calor humano le dio la bienvenida e hizo que la mañana fuese un poco más llevadera. El asiento, de manera inevitable, seguía siendo como sentarse sobre un cubo de hielo gigante, pero colocó un libro debajo y solventó el problema. Saludó a algunas caras conocidas, y a muchos otros que ya consideraba amigos. Le caían bien sus compañeros. Mientras echaba un vistazo buscando a su compañero de mesa se quedó helado, y no por el frío matutino. En tercera fila, en el bloque de la derecha, la chica-Rihanna charlaba animada con dos amigas. Adam no daba crédito. No sabía que ella fuese a su clase. Se va a enterar. Adam se levantó con ganas de montarle una escenita y que todos supieran lo ladrona que era, pero el profesor entró en el aula y tuvo que contener las ganas. Ella ni se percató de su presencia, pero él no pudo evitar pasarse toda la hora entera mirándola.

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