5.4.12

Veinte y Siete.

Cogió la mochila, se dirigió al hall y se subió al ascensor. Botón 10. Aire. Aire en sus pulmones. Y una bofetada de viento gélido. Inspiró. Pero no estaba solo. En el tejado del edificio, unas cinco plantas por debajo de su posición, Abril estaba de rodillas enfrente de un chico. Bueno. Un hombre. Un… sí, es un hombre. No tiene nuestra edad, eso está claro. El chico también estaba de rodillas. Les separaba un palmo escaso de distancia. Y simplemente se miraban. No hablaban. Se quedó un buen rato mirándoles. No sabía si sentía celos, si simplemente era curiosidad, pero allí estaban.

BIP BIP. Su móvil volvió a sonar. Otro mensaje dramático de Aitana. Adam se estaba saturando. Para colmo, el ascensor estaba subiendo a su planta. Usó las escalerillas exteriores y descendió a la planta 9, con cuidado de no hacer ruido para que Abril no alzase la vista. Era una chica la que apareció arriba. El suelo era de rejilla metálica, así que Adam podía verla con bastante claridad. No la conocía. Era mayor. La chica se asomó a la barandilla, se metió el índice y el pulgar en los labios y silbó. Abril y el chico rompieron el contacto visual, y por desgracia para Adam, ella le vio. Su mirada estaba cargada de… ¿De qué? ¿Miedo? ¿Lástima? ¿Ira? A Adam nunca se le había dado bien aquello de interpretar rostros, pero el de Abril era una máscara muy compleja de desentramar. Él se asustó. Retrocedió un paso. Sus miradas sólo coincidieron un segundo, pero para Adam fue motivo suficiente para querer desaparecer. Pulsó el botón de bajada del ascensor y se fue de allí.

Veinte y Seis.

Pasaron unos cuantos días. Adam no llevó la cuenta, pero se percató a la perfección del cambio de personalidad que sufrió Abril. Lo que prometió en su carta no se cumplió. Al día siguiente ella no estaba en la parada. Ni los siguientes días. De alguna forma ya estaba en la Universidad y él no podía más que preguntarse qué habría hecho para que aquello sucediese de esa forma. Él le había respondido tal y como ella le pidió. No escribió nada fuera de lugar. Nada ofensivo. Y sin embargo, cada vez que intentaba acercarse a hablar con ella, Abril se excusaba y desaparecía con Noa. Rara vez las veía separadas. Las ojeras se le acrecentaban y el gato de su abuela se había vuelto más agresivo con ella. Al menos eso era lo que él se decía para calmar sus nervios cada vez que veía los arañazos en su muñeca. Algo se había roto irremediablemente, y una vez más se le escapaba la respuesta.

Pero los problemas de Adam no acababan con la misteriosa chica. Andrea le había pedido una segunda oportunidad. No simplemente sexo. No. Volver a formar una pareja. Y Adam no estaba preparado ni de lejos, pero la soledad le aterraba. Odiaba quedarse a solas con sus pensamientos. Para más inri, cuando trataba de estudiar o de centrarse en la academia o en clase se distraía con el más nimio murmullo. Los exámenes se le echaban encima y él ya no sabía qué hacer. Además, su amiga Aitana había dejado de hablarle también. No entendía nada. Ella no le devolvía las llamadas, y tampoco sacaba tiempo de su apretada agenda para ir a verla a Alcorcón. El mundo se le venía encima y no sabía cómo salir de aquello. Las broncas con su madre no ayudaban.

-¡Adam!
-Ah. Hola. Hmm. ¿Qué tal? –Caminaba distraído mientras el compañero de prácticas de Matlab le seguía.
-Bien, bien. Tenemos que ver aquel problemilla.
-Sí. Ya… eh…esto… pues…
-Mañana. Por la tarde. Quédate en la Escuela y lo miramos. Y céntrate, anda.
-Claro. Chao.

Adam se metió al baño y se lavó la cara.
BIP BIP. Su móvil emitió una ligera vibración. Adam lo sacó. Lo leyó. Tardó 10 minutos en cerrar el grifo después de recuperarse de su shock. Aitana le declaraba su amor. Y él sólo podía ver la mota de polvo que había en el azulejo. Se concentró en la mota de polvo. Y deseó ser la mota de polvo. Se estaba asfixiando.

Veinte y Cinco y perdón por la tardanza :(

“Buenos días, Adam. Hoy hace un día perfecto. El viento golpea mi ventana pero el sol luce con fuerza en lo alto. Es un día invernal óptimo para salir con una bufanda enorme y caminar por la calle hasta que dejes de sentir las manos del frío. Me encanta. Totalmente cierto. ¿Qué tal lo pasaste anoche? He visto un par de fotos en tu tuenti. La chica es guapa. Y por fin sé quién es la dichosa Aitana de la que tanto me hablas. A ver si me la presentas un día. Tiene cara simpática. Respecto a lo que pasó ayer por la tarde… No tienes de qué preocuparte. Soy un tanto dramática, no es nada grave. En serio. Confía en mí. Ya he hablado con Noa  y está todo solucionado. Vaya, el gato de mi abuela no deja de maullar. En fin… No sé qué más decirte. Debes estar algo confuso. Entenderé que te enfades conmigo, pero ahora mismo no soportaría perder tu amistad por uno de mis arrebatos infantiles. Estoy bien. En todos los sentidos. Mañana empieza una nueva semana y estoy deseando verte y estudiar contigo. No sé. Te conozco poco pero me siento muy vinculada a ti. Me das seguridad. Dios. Soy imbécil. No debería estar escribiéndote estas cosas. Perdóname una vez más. Soy un desastre. Nos vemos mañana en el autobús de siempre a la misma hora de siempre? Por favor. Di que sí. Traigo el iPod cargado de música nueva y muchas ganas de verte. Soy más dura que todas estas ñoñerías que te cuento, pero me has pillado un poco de bajón. Por cierto, espero que te gusten las fotos. Algún día te contaré su historia. Son un pequeño regalo. Por todas las veces que me has ayudado, aun sin conocerme prácticamente nada. De veras. Gracias. Gilipollas, parezco gilipollas. Voy a dejar de escribir o vas a pensar que soy una idiota de cabo a rabo. Un fuerte abrazo. Contéstame con un privado, por favor. Gracias.”

Había muchos tachones, algunos borrones y en algunas partes la letra era difícil de interpretar. Pero estaba claro el mensaje. Abril está bien y quiere que yo siga estando ahí. La verdad, aquello a Adam le venía grande. No sabía qué pensar. Las chicas son todas un misterio, y muchas veces sí que es cierto que se ponen muy dramáticas. Puede ser que no le pasase nada.
-¡¡ADAM!! ¡A comer!
-¡Voy!
Dobló la carta y la metió entre las páginas de un cómic de Mafalda. Las fotos las pegó con celo en su armario.

16.2.12

Veinte y (C)uatro.

La noche iba pasando lentamente. Al final el alcohol hizo efecto en los chicos; dejaron de estar tan serios y comenzaron a bailar con las chicas, incluso con las que no conocían. Adam no dejaba de mirar a Ana María.
-¿Es guapa, verdad?
-No está mal. ¿Va a tu clase?
-Sí, ¿por qué no le entras?
-Qué va. Paso.
-Yo creo que le gustas.
-Aitana, no. Déjalo. No la líes.
-Bueno, tú verás, pero conozco a las chicas. Creo que le gustas.
Al principio Adam no quería, pero a medida que llegaban las canciones conocidas él se animaba más y más, hasta que acabó bailando “Rabiosa” con Ana María.
-Te mueves bien.
-¿¡Qué!?
-¡Que te mueves bien para ser chico!
Adam se reía.
-¡Gracias! ¡Tú eres guapa para ser chica!
-¡Ja ja ja ja!
Ana María se rió muy cerca de él. Demasiado. Adam no lo dudó y la besó.

-¿A dónde van?
-Fuera. Déjales.
-Sí, claro. –Aitana sintió una punzada de celos al ver marchar a Adam y Ana María juntos riéndose. Y ni siquiera se ha acordado de bailar conmigo el “reguetón” que tanto odio.
--
-Bésame, Adam.
-¿Qué?
-Acércate, tonto. Dame un beso.
Adam despertó enredado entre las sábanas. Estaba sudando. No, no ha sido real. El sueño estaba grabado a fuego en su cabeza. Pero no, la noche anterior había estado con una chica bastante diferente a Abril.
Se levantó y fue al baño. Una ducha le vendría bien.


-Adam, ha venido una chica esta mañana a traerte unos apuntes a casa. No sabía que tuvieras una compañera que viviese aquí también.
-Ah… eh… pues… sí.
-Hijo, qué mala cara traes. Lávate un poco, anda.
-Ya me he duchado, mamá. ¿Dónde están los apuntes?
-En la mesa del salón. ¿Hoy comes aquí?
-Sí, sí.
-Bueno, pues no desayunes porque no tardaré mucho en preparar la comida.
-Vale. Sí. Vale.
Adam vio la carpeta en el salón. Era un plástico morado con un par de folios dentro. En uno de ellos había un texto muy largo escrito con un pilot negro. Esto lo ha escrito Abril. Es su letra y su boli preferido. En el otro folio había varias fotos impresas. Con muy buena calidad, pero en blanco y negro.
-Mamá, estoy en mi cuarto si quieres algo.
Subió las escaleras de dos en dos y cerró la puerta tras de sí. Se sentó en su puf negro y ojeó el folio con las fotos. Eran unas fotos curiosas. Objetos enfocados muy de cerca. Había unos pinceles, unas tijeras, un folio con tinta china, un vaso roto, un florero… No tenían mucha relación unas con otras. Adam comenzó a leer la carta:

2.2.12

Veinte y Tres.

Lejos, aunque no demasiado, una chica lloraba encerrada en el lavabo de una casa antigua.
--
Veamos. Zapatillas perfectas, los vaqueros de la suerte, y una camisa bastante decente. Se miró al espejo. Se gustó, y decidió no darle más vueltas a su aspecto. Para alargar al máximo el proceso había revisado su armario de arriba abajo con calma, pensando qué ropa elegir. Aquello era algo que su hermana Kat le había enseñado desde que tenía memoria. Debía elegir cómo combinar los colores, los tejidos, qué prenda era más apropiada para ocasión,… También le enseñó lo que le gustaba generalmente a las chicas que llevasen los chicos, y gracias a eso tuvo unas cuantas citas exitosas.
Fue al baño a peinarse. Ya iba siendo hora de cortarse el pelo, pero Abril le había dicho que le encantaba lo largo que lo tenía. El nudo de su estómago volvió a formarse. Cambió de pensamientos y se puso a leer la etiqueta del bote de laca con detenimiento. Laca fijadora extrafuerte. Dios, parezco gilipollas. Pero la idea funcionó, y dejó de pensar en Abril para ponerse a pensar en cómo se colocaría aquella cantidad de pelo indomable.
--
-¡Abril, abre la puerta!
-¡No! Quiero estar sola. Déjame, por favor.
Aquel puño seguía golpeando con fuerza la puerta del aseo donde ella se había refugiado.
--
Decidió ponerse en el ordenador una de sus películas favoritas, “El Padrino”. Además, con lo larga que era ocuparía las horas que le quedaban hasta coger el autobús hacia Madrid.
A las 22.20 en punto Adam ticaba con su abono verde para dirigirse a su cita con Aitana. Tal y como ésta le había sugerido, había apagado el móvil y no lo volvería a encender a menos que fuese estrictamente necesario. Sacó su iPod de sus vaqueros y se puso unos auriculares pequeños mientras seleccionaba uno de sus álbumes preferidos. Con la voz de Roger Waters recorrió los veinte-muchos kilómetros que le separaban de la capital.

-¡Hola! ¡Pero mírate qué guapo!
Aitana le dio dos besos y un abrazo.
-¡Hacía demasiado tiempo que no nos veíamos!
-Ya, bueno, ¿puedes dejar de gritar?
Él estaba sonrojado. Ella no dejaba de mirarle de arriba abajo. Hacía tiempo que Aitana guardó sus sentimientos por Adam en un rincón de su corazón y prometió no enamorarse de su amigo. Pero era difícil resistirse a su presencia física y a su agradable compañía.
-¿Me tengo que presentar yo?
-No. A ver, tonto. Éste es Daniel. Él es Héctor. Él es Mario. Y éste es Alex.
-¿Qué hay? Me llamo Adam.
Los chicos se miraron sin saber muy bien qué decir.
-Y ésta es Sara.
-Hola. Soy Adam.
-Encantada.
-Y ella es Ana María.
-Un placer.
-Hala. Ya estamos todos. ¿Vamos a beber?
La primera hora y media la pasaron de botellón en el parque que había bajo el faro de Moncloa. Después de acabarse el Ron Almirante del Mercadona y el Vodka Negro Eristoff, decidieron que estaban listos para entrar en la discoteca Inn.
-Las chicas deberíamos pasar gratis antes de la 1.30, así que vámonos a dar prisa.
A los chicos al final les tocó pagar por entrar con una consumición, pero el sitio merecía bastante la pena. Era amplio, música para bailar todo lo que querían y más, y un ropero con un precio razonable.
-El próximo día vamos a Fun.
-Tú, que eres un pijo. Ya lo sabes, Héctor, no todos podemos pagar aquello.
-Sois unos exagerados. El sitio está muy bien.
Cuando llegaron a la pista sonaba una canción antigua de samba. Adam no estaba muy cómodo, y no dejaba de pensar en lo que había ocurrido por la tarde.
-Ven acá, lerdo. Sé en quién piensas, y no deberías. Vamos a bailar un rato.
Así que Aitana obligó a Adam a moverse al compás de aquella horrible canción. Si fuese algo de Guetta, todavía…

Veinte y Dos. (Gracias, lectores!)

Y tal y como minutos antes había hecho Aitana, le colgó sin que él pudiese decir nada. Se quedó sin saber qué hacer. Miraba el móvil ensimismado. De pronto la luz de la pantalla se encendió. Descolgó.
-Pero bueno, Adam, ¿te ha dado cagalera, o qué?
-No, joder. Me ha llamado la chica esta…no sé qué hacer. Estoy en shock. ¿Te importaría que te contase todo en otro momento? No estoy muy bien que digamos.
-¿Qué te ha hecho la zorra esa? ¿Tengo que coger un autobús y pegarla?
-Que no. Lo siento, Aitana. Pero estoy, no sé…entre esto y lo de Andrea… creo que me voy a ir a dormir.
-¡¿Ahora?! Pero si son…¡las 7! No, no. Tú te vienes conmigo de juerga.
-Eh…no flipes. Ni de coña.
-Adam. Sí. Me lo debes.
-¿Y eso?
-Pues no sé si te acordarás de aquella vez que…
-Oh. No. Eres odiosa. Te odio. Te re-odio. Dos veces. ¿Me oyes?
-Lo sé. Yo también te quiero. Así que… ¿te gusta la Inn, verdad?
-Qué remedio…al menos, tus amigas…¿son guapas?
-No te entiendo…tienes problemas con 2 faldas…¿para qué quieres más?
-Estaba de coña, joé… hay que ver cómo te lo tomas todo. Bueno. Dime. ¿A qué hora y dónde?
-En Moncloa a las 11.30. Tienes mucho tiempo libre ahora. Te recomiendo que apagues el ordenador (porque seguro que estarás metido en su tuenti mirando sus fotos y viendo cómo abraza a otros chicos) y eso no es nada bueno para ti… y también te recomiendo que apagues el  móvil y no te pongas a releer los mensajes que te ha enviado esa tipa.
-Abril.
-¿Qué? Mayo. Yo también sé jugar.
-No, estúpida. Se llama Abril.
-¡Ah! Vale. Joder. Bueno, pues eso. Te conozco, pequeño “padawan”. Nada de electrónica. Sólo te permito música, cuaderno y lápices. Con la cabeza confundida es cuando mejor dibujas. Y ya sabes que adoro tus dibujos.
-Vale. Calma. Me saturas. Nada de móvil ni ordenador. Captado. ¿Algo más, mi comandante?
-Sí, cuando vengas no habré cenado. Párate en el McDonal’s de Plaza Castilla y píllame algo anda.
-¡Vaya cara más dura tienes, Aitana!
-Veeeengaaa. Te presentaré a una amiga…con solo decirte su nombre…se llama Septiembre. ¿Son ésas las que te ponen, no?
-Estúpida. Te odio. Y ya van 3 veces.
-Creo que me odias más de 3 veces, pero también sé que me quieres el doble. Así que te dejo.
-Bah. Me las pagarás. Quiero un baile de “reguetón” contigo.
-Me niego.
-¡Ah! Si yo voy a Madrid a una discoteca tú bailas “reguetón” conmigo o no voy. –Adam sabía lo mucho que ella odiaba aquel baile.
-Dios.
-¿Dígame, señorita?
-No, memo, que yo también te odio.
-Ya, pero me quieres…¡el triple! ¿A que sí?
-Sí, seguro. Anda. Hazme caso. ¡Un beso, pipiolo!
Y volvieron a colgarle por tercera vez en aquella tarde.  Estaba ahí, de pie, en mitad de su cuarto, y no sabía qué hacer. Tenía una tarde demasiado larga por delante como para quedarse quieto pensando. Debía evitar pensar a toda costa, o la extraña conversación con Abril le amargaría la fiesta.
Decidió empezar por elegir ropa para aquella noche.

28.1.12

Veinte y Uno.

Y así hizo él. Le contó más o menos cómo había sucedido todo, aunque cuando llegó al momento de “y entramos en su cuarto” , Adam se calló avergonzado.
-¿Y? ¿Qué pasó?
-Pues lo que tenía que pasar. ¿Tú qué crees?
-Vale, vale. Y ella…¿quiere volver a verte? ¿Se arrepiente?
-Oye, que no soy tan malo, ¿vale? Me ha mandado un sms demasiado romántico. No sé.
-Uy…no sé porqué me da que hay algo más que no me has contado.
-¿Por? –Adam se quedó atónito. Debía haber descuidado bastante su amistad con ella como para no acordarse de lo bien que le conocía su amiga.
-Sí, sí. Creo que estoy en  lo cierto. Dime.
-Vaaaaale… te odio. Resulta que he conocido a una chica…
-¡Wow! Esto promete. Dime que tienes saldo suficiente y no me vas a dejar con la intriga. No, mejor, espera, te llamo yo que tengo tarifa plana.
Aitana le colgó sin que él pudiese decir “esta boca es mía”. Justo cuando colgó, le entraron 2 llamadas perdidas de Abril. Adam, con el corazón acelerado, le devolvió la llamada, aun sabiendo que su amiga Aitana iba a llamarle segundos más tarde. Sólo tuvo que esperar un tono. La voz de Abril contestó con un susurro. No habría sabido definir el tono de su voz. Ni agudo, ni grave. Ni melodioso ni horrendo. Era una voz…peculiar. Pero no fue aquello lo que le extrañó de oírla por primera vez por teléfono, sino que estuviese susurrando cuando todavía ni era la hora de cenar.
-¿Adam?
-¿Por qué susurras?
-Es que ahora no puedo hablar.
-¿Qué pasa, Abril? Te has enfadado con Noa, pero, ¿tan grave es?
-¿Qué? ¿Noa? No, no –ella seguía con los susurros, pero al oír la teoría de Adam se sorprendió bastante.
-¿Entonces? ¿Qué ocurre?
-Ay, Adam, yo, es que ahora, verás… no es buen momento…mi…abuela está dormida.
-Pues vete a otra habitación. Abril. Estoy preocupado. No pretenderás que después de tus mensajes y de que Noa haya llamado a mi casa preguntando por ti ahora coja yo y diga “¡ah! Genial. Vamos a olvidarlo todo. Seguro que lleva todo el día con su abuela dormida y por eso no ha respondido el teléfono, ¿no?”
-Adam…por favor. No te pongas así.
-No, ¿cómo si no? Es que no te entiendo, de verdad.
-Ay, no te enfades conmigo. Te lo contaré. De verdad. Tengo que dejarte. Lo siento. Gracias por llamar.

VEINTE!

Adam se quedó pensativo. No entendía a santo de qué venían aquellas preocupaciones. Se ha molestado incluso en llamarme a casa para buscar a Abril. ¿Qué querrá? ¿Qué es tan urgente? ¿Y por qué no contesta Abril? Se sentó sobre la silla y miró distraído la pantalla. En las actualizaciones de sus contactos estaba una nueva entrada editada por Abril. Se metió en su tuenti. Vio que en su tablón había una canción que no conocía y unas frases en inglés. Comprobó su álbum de fotos, pero tal y como le dijo un día , ella nunca subía ni dejaba que le subiesen fotos personales. Tenía un par de imágenes hechas por ordenador, y algunos bocetos de tatuajes, pero ninguna foto en la que saliese ella o algún amigo. Según le explicó Abril aquel día, usaba el tuenti meramente como mensajería. Era más rápido que un email e incluso podía hablar por el chat. Pero no quería intrusiones en su vida privada.
Ella siempre había sido muy reservada en aquellos temas. Nunca le había contado en qué parte de su pueblo vivía, si vivía sola, si había nacido en Madrid, cosas de su antiguo instituto…nada. Ni una palabra. Hablaba de sus gustos, de su día a día, de algunas ideas alocadas. Pero su vida privada era un misterio para Adam. Y tiene que llamarme Noa a casa para que me dé cuenta de que en realidad no sé nada de ella. Genial, Adam, vas superándote.
Dejó a un lado su tono sarcástico y sacó el móvil de su bolsillo. Antes, estando en casa de Andrea, lo había dejado en silencio para no interrumpir su comida con ella, y ahora que lo miraba vio un torrente de llamadas y mensajes varios. El primero que abrió era de Andrea:
“Ola wapo,as yegado bn?T exo d mns..tnia ganas d q pasase sto.Avr si vuelvs.Fui una tonta.Spero q aora tdo vaya mjor.D vrdad.Ers increibl.tQ”
Él no daba crédito. De la noche a la mañana todo su mundo se había tambaleado. “TE QUIERO”… aquello le golpeó fuertemente los sentidos. Se le formó un nudo en el estómago, y no sabía realmente porqué. ¿La quería él a ella? ¿O sentía miedo de que ahora que lo tenía todo pudiese dejarlo escapar? ¿O no la quería? ¿Y Abril?
Sólo pudo medio-solucionar la última de las preguntas cuando leyó el segundo de los mensajes:
“Adm, ncsito vrt.Pueds?Cntxta xfa”
Lo había enviado Abril cerca de las 3 del mediodía. Detrás de ese mensaje venían dos parecidos, en los que ella le pedía que por favor contestase que quería verle. Había dos últimos mensajes, uno de ellos de Aitana:
“Eeeey! Stas desaparecido no??Se q no voy a tu super uni,xro m gustaría vrt y eso…t viens sta nxe?Vams a la Inn unos xicos d mi clase y yo, y m yevo 1par d amigas.Enngaa vente!Cntxt!”
Pufff. Mierda. Aitana. Había descuidado por completo a su mejor amiga. Llevaba una semana entusiasmado con Abril y se había olvidado incluso de hablarle a su amiga de la nueva chica. Decidió llamarla. Pero antes leyó el último de los mensajes:
“Adam, xfavor, es grave.T ncesito”
Se quedó de piedra. Este último lo había recibido haría media hora. Es decir, que cuando Noa le había llamado preguntándole por Abril porque había tratado de localizarla y ella no respondía su móvil, Abril que había mirado su móvil. Había tenido que hacerlo para enviarle aquel mensaje. ¿Y por qué no querrá hablar con Noa?  Entonces la solución inundó su cabeza: enfado de chicas. Típico. Obvio. Abril querría hablar con él porque no sabría qué hacer con Noa. Querían usarle de intermediario.
Con esa tranquilidad, y tras haber estado un buen rato mirando el móvil, decidió llamar por fin a su amiga.
-¡Aitana!
-¡Por fin! ¿Dónde estabas?
-Si te lo digo no te lo crees…
-Pruébame. ¡Espera! ¡Déjame adivinar! Has visitado a tu padre.
-No, no, a tanto no llego. No. He estado---
-¡Con Andrea! –Adam se retiró un poco el teléfono del grito que le dio Aitana.
-Sí, pero cálmate, no tiene porqué enterarse todo el planeta tierra.
-Vale, vale. Pues ya me estás contando.

11.7.11

Diez y Nueve (considerablemente largo).

Andrea le quitó los vaqueros y le acarició los bóxer rojos de Calvin Klein. Uff. Él cambió de postura y la tumbó debajo de él. La agarró de las muñecas y le recorrió el pecho con besos. Mordió el sujetador de forma juguetona. Le pidió que se arquease y se lo desabrochó. Dejó al descubierto dos senos de piel pálida. Los besó. Con fuerza. Y los mordió. Ella se quejó entre risas nerviosas. Hacía un calor asfixiante. Tiraron el edredón al suelo. Él volvió a colocarse encima de ella, y la besó el ombligo. Y el hueso de la cadera. Y con delicadeza cogió el borde de las braguitas y lo fue deslizando hacia abajo. Piel bronceada. Piel más pálida. Cabellos rizados. Piel muy pálida. Ahí estaba. La miró a los ojos, pero ella los tenía cerrados de placer. Andrea estaba aguardando que él se dedicase a complacerla. Pero él quiso hacerla sufrir un poquito más.
La besó en las ingles. En las caderas. Muy cerca. Pero sin llegar a rozarla en su punto débil. Ella temblaba con cada beso.
-Andrea. Relájate.
Adam se lo susurró con la voz entrecortada. Casi no podía hablar de la emoción. Al final, no aguantó más, y le dio placer. Ahí. Con fuerza. Con pasión. Ella estaba extasiada. Movía las caderas al ritmo del brazo de Adam.
Cuando ella profirió un pequeño gemido, él no pudo más. Bajó de la cama, cogió el pantalón del suelo y metió la mano en el bolsillo. Abrió el envoltorio y se lo colocó. Volvió a la cama, se tumbó encima de ella y la miró. Pero ella no resistió la espera. Alzó la cadera, y…sucedió. Una corriente eléctrica les sacudió a ambos.



-¿Te veo mañana?
-No creo. Tengo que estudiar algo. Sólo me queda una semana para el examen.
-Está bien. Pues ya me dices tú cuándo puedes quedar, ¿vale?
-Va. Bueno, adiós Andrea. –Adam le dio un beso suave en los labios y salió del dúplex. Detrás dejaba un envoltorio gastado, gotas de sudor en la cama de Andrea, y un agitado corazón que esperaría con ansia que él le devolviese la llamada. Era extraño. Ahora él tenía el poder. Las riendas de la situación. Se sentía ligero. Extraño. No sabía muy bien lo que quería. Había alcanzado al fin su sueño frustrado, y ahora se sentía vacío. Ninguna emoción le alteraba. Ataraxia.


-¿Qué tal con Aitana?
-Ah. Sí. Bien. Como siempre.
-Me alegro. Ha llamado una chica a casa. No me ha dicho su nombre. Ha preguntado por ti y le he dicho que no estabas y ha dicho que ya te llamaría más tarde.
-Ah. Vale.
-¿Quién era? –preguntó intrigada su madre.
-No sé. Me acabas de decir que no ha dicho su nombre.
-Ya, pero a lo mejor sabías quién era…
-Que no. Bueno. Me subo a ver si estudio algo.
-Vale. ¿Cenarás hoy aquí?
-Supongo. ¿Por?
-No, como es viernes yo me voy a ir con Mabel a tomar algo por ahí.
-Ah. Es verdad. Pues. No sé. La verdad es que no sé qué haré. Ya veré.
Subió las escaleras de su habitación y se quedó pensativo en el marco de su puerta. ¿Quién me ha llamado? ¿Abril? Podría haberme llamado al móvil. No entiendo. Qué raro. Decidió dejarlo pasar y entró al fin en su habitación. Echó una ojeada al calendario a ver si tenía algún plan para ese finde, pero salvo la palabra grande y roja “ESTUDIAR” no tenía nada más interesante. Se dejó llevar por la debilidad  y encendió el portátil. Sólo un segundo. A ver si encuentro algo que hacer esta noche. Pero justo cuando estaba tecleando la contraseña del tuenti sonó el teléfono de casa.

-¿¡Adam!? ¡Es para ti!
-¡Ya voy! –se levantó de la silla, fue hasta el cuarto de su madre y descolgó el cacharrito.
-¿Diga?
-Hola. ¿Adam?
-Sí. ¿Quién eres?
-Noa.
-¡Ah! ¡Hola! ¿Has sido tú la que ha llamado antes a mi casa?
-Sí. No tenía tu móvil pero tu teléfono aparecía en una de las listas informativas de clase.
-Ah. Bueno, y ¿qué tal? –No sabía muy bien qué decir. Le caía bien Noa pero no sabía cómo tratar a aquella chica reservada. Ella le sacó del incómodo silencio.
-Verás. Te llamaba por si tú sabías algo de Abril.
-¿Abril? No. Esta mañana estuvo aquí pero se fue muy pronto.
-¿En tu casa?
-Sí. Es…porque…vino a devolverme unas láminas de dibujo. –Adam improvisó con rapidez. Realmente era una estupidez, ellos dos no tenían nada que ocultar, pero, sin saber porqué sintió la necesidad de mentirle.
-Bueno. Lo que sea. ¿Y no sabes dónde está ahora?
-No. Llámala.
-Ya lo he hecho. A su casa. Al móvil. Varias veces. Y le he dejado varios mensajes. Pero nada. No hay manera. Estoy preocupada.
-¿Por?
-Ah…no…bueno…pues porque es raro que no conteste, ¿no?
-Sí. Lo habrá dejado en silencio. No le des más vueltas. Espera, a ver si está en el tuenti, aunque lo dudo.
Adam se metió en su cuarto y echó un vistazo al ordenador.
-Pues no. Pero bueno, que no le des más vueltas, de verdad. ¿Es urgente?
-Sí. No. En realidad es una tontería. Da igual. Gracias, no te molesto más.
-Está bien. Como quieras. Ya hablaremos. Adiós.
-Chao.

8.7.11

Diez y Ocho.

Y así, a las cinco de la tarde, en vez de estar estudiando duramente, Adam estaba echando una partida a un juego de combate contra Andrea.
-¡No! ¡No es justo!
-Ahhh…¡se siente! –Él le sacó la lengua. –y el ganador es…¡Adam!
-Has hecho trampas.
-Qué va.
-Me has distraído. Echamos otra. Si esta vez ganas admitiré que has sido el mejor.
-Vale. Pero no vale hacer trampas.
-¡Pero si eres tú…!
-Shhh. Venga, que empieza.
Comenzaron a darle con rapidez a los botones de la consola. Justo cuando parecía que él iba a volver a ganar, Andrea le empujó ligeramente. Él perdió la concentración y el muñeco de Andrea aprovechó para darle muchas patadas al de Adam.
-¡Eh! ¡¿Pero qué es esto?!
Adam trató de quitarle el mando a Andrea. La agarró de las manos. Ella sostenía el mando con fuerza, pero ya no jugaba. Se reía. Le estaba pidiendo que la dejara tranquila. Él no la soltaba. El espacio que les había separado antes en aquel gran sofá se redujo, y estaban pierna con pierna, mano sobre mano. Él pudo aspirar el aroma de esa colonia. Recordó sin querer el día en que la compró por Navidades. Lo mucho que le había costado elegirla con Aitana, y al final cuando se la dio a Andrea le hizo mucha ilusión. “Justo la que quería”, fue lo que dijo. Y aquella noche fría de invierno se abrigaron con el calor humano de una noche de sexo. Y ahí estaba otra vez. Ese olor. Adam inspiró de nuevo. Le gustaba mucho.
Miró a Andrea a través de los cristales de sus gafas de montura al aire. El color de sus ojos no era nada especial. Un marrón avellana corriente. Pero eran las arrugas de sus párpados al sonreír, sus labios rosados formando una perfecta sonrisa, y aquellos dientes grandes y blancos que parecían no sentir vergüenza con cada carcajada. Él había empezado a hacerle cosquillas. Al final acabaron medio tumbados. Ella estaba hecha un ovillo sobre sí misma, protegiendo el mando con sus brazos y evitando con sus codos que él siguiese haciéndola cosquillas en su tripa.
Después de la intensidad de los sucesos de los días anteriores, Adam no lo dudó. No quiso desaprovechar esa oportunidad.
Se acercó más a la cara de Andrea. Le dio un beso juguetón justo debajo de la oreja. Y ella, en lugar de apartarse, se giró, le miró directamente a los ojos, le sonrió y le besó. Al principio el beso fue como un soplo de brisa fresca en verano. Los dos lo necesitaban. Lo habían ansiado desde que ella le abrió la puerta. Y de pronto, tras esa suave brisa, se desató la tempestad. Se conocían al milímetro. Sabían cuáles eran las posturas más cómodas, los besos más tiernos, las caricias más atrevidas. Era como jugar a un juego con trucos.

Ella tiró el mando al suelo. Cerró los ojos y se dejó llevar. Le abrazó. Se tumbó encima de él. Adam acariciaba su espalda como si fuera una guitarra. De arriba abajo. Sólo quería quitarle el vestido, pero no sabía si era todavía demasiado pronto para abandonarse así a la pasión.
Ella pareció leerle la mente, porque empezó a desabrocharle la camisa que se había puesto. Él entonces no lo dudó. Se quitó las deportivas con los pies y agarrando a Andrea de la cintura comenzó a bajarle los leggins grises que llevaba. Como la postura no propiciaba aquel gesto, ella se sentó y él se levantó, se arrodilló delante de ella y le bajó con sensualidad lo que le quedaba de tela cubriendo sus bronceadas piernas. Cuando hubo terminado, Andrea se levantó y le quitó por completo la camisa.
Él, con el torso desnudo, ella, con las piernas descubiertas, y un abrazo que los fundió en una única persona. Ahí estaban. Recordando viejos momentos. Olvidados. Y el dolor que un día les hizo añicos el corazón quedaba reemplazado con el cariño de aquellas caricias. Un beso más, y otro, y otro. Él la cogió aúpa. Ahí estaba ella enganchada con sus piernas y brazos al torneado cuerpo de Adam. Él, tal y como había deseado en sus pensamientos momentos antes, la llevó hasta su cuarto y la tumbó en la cama. Ella le ayudó a quitarse el vestido. Llevaba un conjunto color crema de lencería sencilla que se ceñía a su cuerpo resaltando algunos kilos de más.  Pero a él no le importaba si era más ancha o no que otras chicas. Verla ahí tumbada significaba que nada había cambiado. Todo seguía como debería haber seguido. Él y ella, juntos. Amándose.

24.6.11

Diez y Siete (para mis amazonas)

-¿Entonces? ¿No comes aquí?
-No, mamá. He quedado con…Aitana. –El primer nombre que le vino a la cabeza fue la escusa que puso Adam para poder ir a comer con Andrea.
-Ah. Bueno. Dale recuerdos. Dile que un día iré a ver a su abuela. ¡Y abrígate!
Que sí, mamá. Todas las madres son iguales. “Tápate, no cojas frío.” Cansado, Adam cogió el anorak azul del perchero y salió de su casa. Una bofetada de aire gélido se quedó atrapada entre los pelitos incipientes de su barba. Pues va a tener razón. Joder, qué frío. Se subió todo lo que pudo la cremallera y comenzó a andar.

Cogió el autobús que iba hasta Alcobendas. Tras andar un poco, al final llegó a la casa de Andrea. Llamó al timbre.
-¡Hola!
Ella, con una sonrisa radiante, le hizo pasar y le dio dos sonoros besos.
-Ven, estaba preparando justo la comida. ¿Te siguen gustando los macarrones, no?
-Sí, sí. La pasta es mi perdición.
Adam se sentía extraño. Conocía cada rincón de esa casa. Era un dúplex. Pequeño pero cómodo. Andrea era hija única y sus padres se pasaban el día trabajando en el hospital, así que ella disfrutaba casi siempre de la casa para ella sola. Él había recorrido cada esquina al compás de los latidos del corazón de Andrea. Besándose. Amándose. Desnudándose y dándose calor. Dolía tanto pensar en aquello que él decidió olvidarlo y adentrarse en la cocina que desprendía un olor delicioso a queso fundido.

-Bueno. Entonces ¿apruebas?
-Yo creo que sí. Cálculo me va muy bien, y Expresión Gráfica también. Aprovecharé a darle un último empujón a Álgebra y eso…
-¿Y las otras?
-Bueno…siempre he sabido que las letras no eran para mí, así que Derecho la arrastraré. Y luego Informática ya está aprobada por parciales. Así que nada… Contento, la verdad.
-Me alegro, Adam. De veras.
Andrea le sonrió y le rozó la mano. Él le devolvió la sonrisa, y se asustó. Le daba miedo volver a tener esperanzas. Pero ella estaba tan guapa. Tan…como siempre. Como siempre había sido ella. Andrea. Su Andrea. El tiempo hace mella en los corazones, y para él, un año de relación había sido más que suficiente para hacer trizas sus delicados sentimientos. Todo murió aquel horrible día. “El día del sms”, así solía llamarlo él. Pero bueno. Hoy es otro día.
-¿Qué quieres que hagamos?
Adam lo pensó. Reflexionó aquella frase. Te llevaría en brazos hasta tu habitación. Te quitaría ese bonito vestido a mordiscos. Te haría el amor de una forma tan salvaje que tus vecinos llamarían a la policía, alarmados. Se asustó del torrente de imágenes que le sobrecogieron. Sacudió ligeramente la cabeza y al final dijo la primera chorrada que se le ocurrió.
-¿Jugamos a la Xbox?

9.6.11

Diez y Seis (para leer algo entre examen y examen..)

-Bueno, ¿y qué quieres tomar?
-¿Tienes algo sin gas?
-Sí. Aquarius. ¿Te vale?
-“¡Oki!” –ella pronunció aquella expresión con una felicidad alucinante. Se la veía sinceramente contenta de estar ahí. Abril cogió el bote que Adam le tendía. Se lo bebió todo de un trago.
-¡Eh! No te voy a dar más, abusona.
-Tranquilo, tonto, no te lo iba a pedir.
Ella sonrió una vez más. Él era muy alto, y ella tal vez muy poquita cosa para él, pero aún así, Adam estaba empezando a obsesionarse con ella.

-Bueno. Ya has visto todo. Y por último…¡tachán! Mi cuarto. No es gran cosa, pero me encanta.
Abril traspasó la puerta oscura y se adentró en la guarida de Adam. Se quedó alucinada.
-Dios…¡es increíble!
-¿Qué?
-¡Dibujas genial!
-Ah…eso… -Adam sonrió con timidez y comenzó a explicarle cada historia que encerraban sus bocetos.
Ella se sentó en el puf mientras él iba describiéndole cada dibujo. En mitad de uno de los relatos, Abril se levantó.
-¿Puedo?
-Adelante. Pon lo que quieras.


Ella tenía el iPod plateado de Adam entre sus manos. Seleccionó algo que pareció gustarle y le dio al “play”.
-Oh. Muy buena.
-Lo sé. –Ella le miró con picardía. “Sunday Bloody Sunday” reverberaba en aquellas cuatro paredes. Pero antes de que empezase el estribillo, la Blackberry roja de Abril empezó a sonar con otra melodía chillona.


Ella la sacó de sus vaqueros pitillos, la miró, hizo una mueca extraña con la cara y la volvió a guardar.
-¿Qué?
-Tengo que irme.


Adam no sabía si sería muy descarado preguntarle o no…estaba dudando…al fin y al cabo no la conocía tanto como para tener esas confianzas…¿no? Bah. Qué coño…
-¿Por qué?
-Hmm. Sí. Bueno. Ya quedamos otro día, ¿vale? Lo siento, de verdad. ¿Me acompañas abajo?
Ella tenía una expresión difícil de descifrar. ¿Lástima? ¿Enfado? Adam no habría sabido decir con claridad. Optó por acompañarla escaleras abajo sin decir nada más. Le había esquivado la pregunta. Quizás se había extralimitado.


-Oye, Abril, siento haber sido un cotilla…de verdad. Si tienes que irte por motivos person— Adam se  quedó con la palabra en la boca cuando ella le cortó de golpe con un beso en la mejilla. Un beso fuerte.
-Perdóname tú a mí. No hemos estado casi nada de tiempo al final. Ya te lo contaré. No te preocupes. No eres cotilla. En serio. –Ella clavó sus pupilas en las pupilas de Adam. Un escalofrío recorrió su nuca. Él, sin pensárselo dos veces, la abrazó. A ella le pilló desprevenida, y tardó un par de segundos en reaccionar y devolverle el abrazo. Es tan…grande. Alto. Reconfortante. Inspiró su aroma masculino.
-Sabes que, aunque nos hayamos conocido hace nada, si te pasa algo puedes contar conmigo –Adam le susurró aquello al oído. Bajito. Sensual. Tierno. Abril, aprovechando que él no la veía, derramó una lágrima. Se la enjugó con rapidez y con cuidado de no borrarse la raya del ojo. Si tan solo supieras…
Él le devolvió el beso en la mejilla, tomando su pequeña cara entre sus manos. Es tan delicada. Pero a la vez tan…mujer.
Se miraron una última vez, y ella estuvo a punto de decir algo, pero lo pensó mejor y simplemente le dijo “hasta pronto”.


Adam no se sentía con ánimo de hacer nada, pero aún así se cambió de ropa y salió al jardín a tirar unas canastas. Así me despejo un poco. Mientras saltaba, apuntaba y encestaba no pensaba en nada más. Pero cuando por fin paró tras 45 minutos jugando, se dio cuenta de que estaba reventado, e inevitablemente toda la escena de Abril le llenó la mente. El beso. El abrazo. Esas palabras.
Se tumbó en el césped y se puso a mirar las nubes. Era algo que solía hacer cuando era pequeño, y hacía tiempo que no practicaba. Dejó volar la imaginación.

-¿¡Adam!?
-Estoy abajo.
La voz de su madre salía por la ventana de su habitación. Ella se asomó.
-¿Qué haces ahí? Vas a coger frío.
-Ya subo. ¿Qué hora es?
-La una.
Adam se incorporó, se sacudió el césped que se le había quedado pegado a la ropa e inspiró con fuerza. Se sentía mucho mejor. Tenía claro lo que iba a hacer.

1.5.11

Quince. [Gracias, seguidores :D]

Así, con la energía por los suelos, se encerró en su refugio de paredes verde esmeralda. Adoraba estar en su cuarto. Las paredes tenían algunos de bocetos hechos por él. Todos en blanco y negro.  Según entrabas, en la de la izquierda, donde se encontraba su mesa de estudio, tenía dibujos de dos figuras luchando entre ellas. En la pared de la derecha, la de su cama, los bocetos trataban sobre una huida de un lugar oscuro. En una esquina había un puf negro y junto a él una guitarra desafinada, cansada de esperar a que Adam quisiese aprender a tocarla. Una minicadena negra metalizada con un equipo de altavoces potentes fue un regalo de cumpleaños que le hizo Andrea. Se deshizo de todo lo que le recordaba a ella, salvo eso. Le encantaba la potencia que tenía. Su cama era únicamente un somier a ras de suelo con el colchón encima.
Tras muchos años peleando con su madre, había conseguido decorar su cuarto a su gusto. Era su guarida personal. Se tumbó en la cama mirando al techo. A ver si pinto algo ahí arriba algún día de estos. Una lágrima se perdió en su mejilla, y al estar tumbado acabó muriendo en su cabello castaño alborotado. No. No lloraría.

Con el mando a distancia encendió la minicadena y comenzó a sonar un Cd de Nickelback. Oh. Perfecto. Justo para el ánimo que tengo. Cerró los ojos. Y ahí se quedó. Profundamente dormido.


El sol alto le bañó la cara. Arrugó la frente. Odiaba esos rayos matutinos que le despertaban de malas maneras. ¿Sol? Pero…si… Adam abrió los ojos despacio. Miró su reloj de pulsera. No podía ser. Las once de la mañana. ¿Qué día es hoy? La respuesta la obtuvo en el calendario hecho a mano que tenía colgado en su armario. Sábado. Mierda. Mierda. El entrenamiento de basket. Mierda. Sí, se había quedado dormido.
-¿¡Mamá!? –Llamó varias veces a su madre, pero nadie contestaba en la casa. Se habrá ido ya a trabajar. Joder. El entrenador me va a echar una bronca horrible. A la mierda.
Una idea le cruzó la mente. Sí. ¿Por qué no? Cogió el móvil, que todavía estaba en sus vaqueros y se dispuso a teclear un sms. Ya está. “Enviar”.
La respuesta tardó un par de minutos, y en ese tiempo de insufrible espera Adam aprovechó para comerse un croissant. Ahí estaba lo que buscaba. Sonrió pletórico:
“Okk, n mdia ora toi n tu puerta. 1bso feo!”
Adam terminó su croissant, subió las escaleras de dos en dos, se quitó la ropa de ayer con rapidez y puso a calentar el agua de la ducha. Encendió la minicadena, esta vez con la lista de reproducción de su iPod. Se metió en la ducha, y en un “pis pas” estaba con una toalla enrollada en la cintura y decidiendo qué ropa ponerse.

Se miró en el espejo. No estaba mal. Sus vaqueros desgastados, una sudadera verde de O’Neil y unas All-star negras. ¿Y el pelo? Qué desastre. Siempre igual. Se lo agitó con fuerza, y al final pareció que le gustaba lo que vio. Se echó su Axe preferido y se sonrió. En ese instante sonó el timbre de la puerta. Casi se mata bajando los escalones, pero al abrir la puerta ahí estaba.

22.4.11

Caatoorcee -largo-. (LAC ¬¬)

Ella se giró con la rapidez de un felino sorprendido y se quedó a escasos centímetros de la cara de Adam. Ella le aguantó la mirada. Él se dio cuenta de que sus ojos tenían un extraño brillo grisáceo cerca de la pupila. Y no habría sido capaz de definir un color para ese iris tan curioso. Él aguantó, aunque horas más tarde no sabría de dónde había sacado aquel coraje para enfrentarse así a esa chica tan…tan, tan tan…Adam no pensaba con claridad. Ella se fijó en el verde intenso de los ojos de él. Un verde ciencia-ficción, como diría la gran Eva Amaral. La tensión se cortaba en el ambiente. Los segundos parecían días, y sin embargo cualquiera que les hubiese estado mirando habría dicho que llevaban si acaso 30 segundos. Pero suficientes para que un terremoto sacudiese sus corazones.
Un pitido en la blackberry de Abril les hizo separarse. Ella miró el mensaje con tanta rapidez que Adam no tuvo tiempo ni siquiera de ver quién lo enviaba. Lo único en lo que se fijó fueron las uñas moradas de ella, ligeramente desgastadas, a lo “jungle-Julia”, como diría su mejor amiga Aitana. Y también se fijó en el tattoo de la muñeca. Ya lo había visto antes, pero no tan definido. Lo llevaba semi oculto bajo una pulsera ancha de cuero, pero pudo ver una gota negra y algunas sombras de aspecto tribal.

-Oye, ¿me enseñas el tattoo? Mola.
-Hmmm…tendrás que ganártelo. No lo enseño así como así.
-Vaya…¿qué tengo que hacer?
-No sé. Sorpréndeme una noche con una buena película, y si me gusta te lo enseñaré.
-¿Puedo fiarme de tu palabra?
-Por supuesto.
Adam iba a vacilarla un rato, pero vio la honestidad en sus ojos, y confió en ella. Algo le inspiró respeto en esos ojos misteriosos.





Adam llegó aturdido a su casa. Las horas de transporte público le dejaban mucho tiempo para pensar.
-Hola, cariño. Ha llamado tu hermano.
-Ah. Vale… -Genial.
La historia familiar de Adam siempre había sido complicada, sobre todo en el colegio, cuando los niños son imprudentes y preguntan las cosas sin tacto alguno. “¿Tus padres en qué trabajan?” “Mi madre es cuidadora.” “¿Y tu padre?” “Hmm…vendedor.” Y ahí se acababa siempre la conversación. Toda la vida llevaba esquivando ese tipo de comentarios.
Adam cogió el teléfono, pulsó rellamada y al  otro lado una voz masculina contestó:
-¿Diga?
-Feo.
-¿Ade?
-Sep. ¿Qué tal?
Adam, o Ade como le llamaba su hermano desde que eran pequeños, no se sentía con ganas de charlar, pero tenía que esforzarse. Era importante.
-Bien. Aquí todo marcha bien. ¿Y tú? ¿Cómo va la carrera?
-Bien. También bien…esto…¿y papá?
-No sé nada de él desde hace un par de meses.
-Ah… -Adam se hundía a cada palabra más y más en tristes pensamientos.
-Supongo que andará de viaje. Por cierto, Kat te manda saludos. Envió una postal el otro día. Está encantada con el trabajo en Italia. Dice que liga mucho con eso de ser española.
-Genial. Genial. Me alegro de que le vaya bien. Bueno…yo…
Se hizo un silencio incómodo en la línea.
-…voy a tenerme que poner a estudiar. Estoy muy liado últimamente.
-Sí, claro, lo entiendo, Ade. Tranquilo.

-Pues eso. Ya nos veremos, supongo.
-Sí. A ver si no tardas tanto esta vez.
-Ya…mira…sabes que papá y yo nunca… -Adam se quedó trabado sin saber cómo seguir.
-Sí. Pero yo soy yo. No tiene porqué estar él para que vengas a verme a mí. Te echo de menos.
Y yo, Jota, y yo. Pero no lo dijo. Se le formó un nudo en la garganta. Inspiró hondo.
-Adiós.
Pronunció la última palabra con terrible esfuerzo. Colgó el teléfono.



-¿Qué? ¿De qué habéis hablado?
-De todo y de nada, mamá. Kat está bien en Italia. Y Jota sigue como siempre. Me echa de menos.
-Es que deberías ir a verle más a menudo.
-No empieces tú también, mamá. Sobre todo tú deberías entender que no quisiese pisar esa casa. ¿Vale? No tengo hambre. Estaré en mi cuarto estudiando.

20.4.11

Trece. (Tab, esta vez por ti :))

La mañana pasó lentamente. Los folios con apuntes se iban acumulando en sus carpetas a medida que sus ganas de estudio disminuían proporcionalmente. Al fin, llegó la hora de la comida. Adam conoció ese día a la amiga bajita de Abril. Se llamaba Noa. Era una chica callada y reservada, pero si la dabas conversación se entusiasmaba y comenzaba a charlar animadamente.
Cogieron sitio al lado de unos compañeros de Adam de clase y pidieron el menú del día. Por primera vez desde hacía un par de meses, Adam no se pidió su filete y su ensalada, sino que pidió un plato de pasta y una hamburguesa con patatas.
-Tienes hambre, ¿eh? Si quieres te doy un poco de mi arroz, no sea que me descuide y me muerdas.
Abril le sonrió mientras le decía aquello. Él no pudo evitar que una imagen pasional y erótica recorriese sus pensamientos. Sintió un cosquilleo bajo el ombligo. No. A comer.


Se pasó toda la tarde en la biblioteca estudiando para el examen de derecho del próximo sábado. Le pareció increíble haber estado al final cuatro horas seguidas concentradas, y se dio cuenta de que lo había hecho sólo por quedarse un poco más al lado de Abril, que parecía querer quedarse ahí a dormir.
-Me voy a ir ya. ¿Tú no descansas? Eres insaciable. –Se ruborizó en cuanto pronunció aquello, pero ella no pareció darse cuenta.
-Me queda un poco por hacer aquí todavía, además Noa va a venir en un rato, en cuanto acabe su academia.
-Pero si queda apenas media hora para que cierren.
-Sí. Bueno. Pero ella aprovecha cada segundo.
-Bueno, al menos uno de nosotros llegará a ser ingeniero.
-¿Perdona? ¿Y yo qué?
La cara de Abril no dejaba traslucir ni una mota de broma, así que Adam se arrepintió de sus palabras. Ya estaba pensando en cómo solucionar aquello cuando Abril estalló en una carcajada silenciosa.
-Tenías que haberte visto la cara. El niño duro tiene sentimientos y todo. Pobrecito. –susurró ella con una sonrisa pícara asomando entre sus colmillitos blancos.
Adam echó una ojeada rápida a la sala. Un hombre quizá demasiado mayor para seguir estudiando ahí estaba sumergido en la lectura de un manual acerca del grosor de las tuberías. Un chico murmuraba cosas para sí mismo mientras movía la cabeza al ritmo de la música de su móvil. Trazaba líneas con una velocidad alarmante sobre un dina-3 en blanco. Y aparte de esos dos, un par de chicas de sexto charlaban en bajito en una esquina. Nadie más. Adam no lo dudó. No conocía a nadie que pudiese decirle algo en un interrogatorio embarazoso. Sujetó por las muñecas a Abril y le mordió el cuello por detrás aprovechando que ella tenía el pelo corto.

Doce. (porque ya iba siendo hora..)

Vaqueros. Cazadora de cuero. Bufanda gris. Cascos verdes. La mochila de Quiksilver. Deportivas anchas. Y emoción en el pecho. Tenía ganas de verla.
Llegó por los pelos a coger el autobús. Subió, pagó con el abono mensual de familia numerosa, y allí, al fondo del bus estaba ella. Hecha un ovillo para combatir mejor el frío. Al verle se quitó los auriculares rojos y le sonrió.
-¡Vaya! Cuánto tiempo.
-Y que lo digas.
Ella iba vestida con un abrigo de tweed negro, unos pitillos ajustados grises, y una palestina azul, a tono con los reflejos del pelo. Como siempre, las huellas en una oreja, la estrella plateada en la otra, y el arito de plata en la nariz. Con mucho, mucho estilo.
Adam estuvo un buen rato mirándola, mientras que ella observaba ensimismada por la ventana algo empañada. Al fin, ella se giró y le pilló.
-¿Qué miras?
-Nada. Da igual. ¿Qué escuchas?
Ella le pasó uno de sus cascos. El sonido se oía casi sin colocárselo en la oreja.
-¿No lo llevas muy alto?
-Me gusta. Así no pienso.
-¿Qué canción es?
-Snow white queen. ¿Sabes de quién es?
-Espera…déjame que escuche un segundo…-Adam prestó atención a la melodía, el lamento de la voz, la letra…- Sí. Es Amy Lee, ¿verdad?
-Sí. La adoro. Es genial.
Hablaron de música, de películas, de novelas…De todo lo que se habla cuando conoces a alguien. Y poco a poco descubrieron que tenían bastantes cosas en común. Y poco a poco Adam fue interesándose más y más por ella. No era una chica corriente. Tenía una forma de ver la vida extraña. Alocada. Ingeniosa.
Al cabo de media hora aparecieron en el intercambiador de Plaza Castilla. El triste suelo gris les dio la bienvenida una vez más, y de ahí, la marea de gente les condujo hasta su destino. Charlaron. Rieron. Y una chispa brotó en el interior de él. Algo nuevo, con fuerza, iba creciendo poquito a poco, y Andrea no había vuelto a aparecer por su cabeza desde que la vio el día anterior. No. Únicamente tenía espacio para Abril.

Once. (Después de muuuucho...lo siento! :S)

-Wow. Esa peli me encanta. ¿Conoces la banda sonora? Hay dos CDs, el de la peli y otro que hicieron artistas como Owl City o Franz Ferdinand. Pues la canción de Her name is Alice, de Shinedown, es una de mis favoritas. Deberías escucharla.
-La conozco. Es bestial. La uso para irme a dormir. Hace que me sienta tranquila. Es como un calmante.
-¿Qué dices, Abril? Pero si es bastante ruidosa. No sé cómo puedes decir que eso te relaja. Qué tía tan rara.
-Bueno, quizás es porque no conoces mi gusto musical. Eso es lo más “light” que escucho. A diario siempre oigo Linkin Park, Rammstein, Paramore, Evanescence, Green Day, Muse, The Rasmus…
-Tienes buen gusto. Ese último grupo no le conozco. Ya me enseñarás alguna canción.
-Prueba con “October and April”, está chula, aunque es muy suavecita.
A lo tonto, acabaron hablando hasta las 5. Abril, poco a poco, iba recostándose más y más sobre Adam, hasta que en una de ésas, él se sintió incómodo y decidió despedirse de ella.
-Bueno, se está haciendo tarde, y mañana…bueno, mejor dicho, dentro de un par de horillas debería estar despierto…así que…
-Vale, vale. Ya me voy.
Abril se levantó con pereza, cogió las láminas de Adam y se acercó a la puerta.
-Muchas gracias. Ahora cuando llegue a mi casa las copio y te las devuelvo por la mañana.
-Por curiosidad, ¿cómo llegas ahora a tu casa?
-Fácil. Vivo en tu pueblo.
-¿En serio?
-Sí. ¿Qué pasa?
-Casi nadie sabe dónde está. ¿A qué instituto ibas?
-A un privado bilingüe.
-Ah. Vale. Por eso no te he visto por aquí.
-Supongo. Lo bueno es que mañana iremos juntos en el autobús, ¿no?
-Sí. De hecho sale dentro de nada

-Jaja. Tienes razón. Es muy tarde, y te estoy robando horas y horas de sueño. Mejor te dejo descansar ya. Pues dentro de un par de horas te veo en el bus.
-Me parece bien.
-Gracias una vez más.
Abril se puso de puntillas, acercó su cara a la de Adam, y le besó en la comisura de los labios. Él nunca supo si fue adrede o no, pero algo se agitó en su interior.
-Hasta mañana…
Él le abrió la puerta y ella corrió calle abajo.

6.3.11

Diez. (por ti, batamanto)

El chico subió las escaleras corriendo, rebuscó en su mochila y bajó. La encontró sentada en su sofá, abrigada con una de sus mantas.
-Oye, ¿y estas confianzas?
-Lo siento, pero he de reconocer que tu anorak era tremendamente calentito. Desde que te lo devolví me estoy arrepintiendo. Así que me he agenciado tu manta. Ven, siéntate conmigo que se está muy agustito.
Adam, como impulsado por un imán gigantesco, no lo pudo resistir y se acomodó junto a Abril. Ella le pasó un trozo de manta y así se quedaron durante un par de minutos. Sin decir nada.
-Bueno, ¿qué tal si me das las láminas y me voy? No quiero ser borde ni nada, pero tengo muchísimo sueño, y a este paso voy a quedarme dormida aquí.
-Eh…sí, claro. Toma. Por cierto, ¿cómo coño tienes la dirección de mi casa?
-Estas novedades del internet…tener contactos…tu apellido es poco común y las páginas amarillas son asombrosas.
-Das miedo. De verdad.
-Jajajaja. –Ella se rió en bajito, tapándose con la mano para no hacer ruido. –Qué cara de acojone tienes. Jajaja.
-En serio, no me mola nada que alguien a quien no conozco se plante en mi casa un día de madrugada.
-Lo sé. Pero también es atractivo. Me gusta un poco ir más allá de las normas y de las convenciones. Todo ahora está medido al milímetro, y si te desvías un poco ya te llaman loco. Pero, tal como dijo el padre de Alicia en la obra maestra de Tim Burton: “te diré un secreto, las mejores personas están locas”.

Nueve. (retraso otra vez.. :( )

Abril. Andrea. Estaba confundido. No sabía exactamente qué quería aquella chica, pero es que tampoco entendía a su ex novia. No dejaba de darle vueltas. Y lo más importante: ¿Qué quería él? Porque a Abril no la conocía de nada, apenas si habían intercambiado dos frases seguidas. Y sin embargo le gustaba, era obvio. Pero lo suyo con Andrea había sido muy fuerte. Y ahora veía la oportunidad de solucionarlo todo con ella. ¿Qué coño hago?

Entre tanto pensamiento confuso, dieron las 12  y Adam subió a su cuarto a dormir. Programó la alarma del móvil a las 3.50 y se acostó. Su cabeza divagaba, pensaba, y no callaba. Al final, conectó su ipod, cogió unos auriculares y puso la música de la BSO de Gladiator a todo volumen. Le dolían los oídos, pero extrañamente cayó rendido con la tercera canción.

“And even though she’s dreaming, she’s unlocked the meaning for you…” Shinedown comenzó a sonar en el móvil. Adam, cansado, lo apagó, y vio que hacía cinco minutos que Abril le había dado un toque. Se vistió con lo primero que pilló. Se lavó un poco la cara y salió fuera. Y exactamente igual que la madrugada anterior, Abril estaba ahí de pie. Sonriente.
-Hola. ¿Y las láminas? –Un cálido susurro salió de los labios de ella.
-Mierda. Las he olvidado. ¿No pretenderías que me despertase a las 4 de la mañana y que estuviese en plenas facultades?
-Pues sí. Si no, menudo ingeniero vas a ser. Tráemelas anda.
-Vale. Espera aquí un segundo.
-Oye. ¿Y si paso? Prometo no hacer ruido.
-No sé si debería… mi madre…
-Venga. No te preocupes. Me portaré bien. –Su sonrisa pasó a ser una típica caricatura de un angelito tratando de portarse bien.
-Está bien. Anda. Pasa.
Adam le abrió la puerta. Con sigilo, y susurrando, le indicó que le esperase en el salón.

23.2.11

Ocho. (Mellon, c'est fini)

Él, sin un plan mejor, había decidido reunirse con Andrea en la cafetería de Periodismo, donde ella estudiaba desde hacía dos años. La chica llevaba el pelo recogido en un moño desenfadado. Llevaba unas gafas con montura al aire, perlas, un jersey rosa y unos vaqueros sencillos. Unas All-star blancas cubrían sus pies. Sus favoritas. Pensó Adam. Él conocía a Andrea extremadamente bien. Habían compartido muchas noches furtivas, en las que se habían escapado con sigilo a las tres de la mañana de sus habitaciones para encontrarse en algún parque de su inmensa ciudad, y amarse bajo la tenue luz de la luna, en alguna noche calurosa primaveral. Pero todo aquello había quedado atrás. Demasiado tiempo sin verla. Sin rozarla. Sin besarla. Sin embargo, al verla se extrañó mucho, pues no sintió ese vuelco de estómago que solía sentir al pensar en ella. No.
La vio. Le pareció hermosa. Radiante. Pero nada más. No era para nada la sensación que creía que iba a tener después de tanto tiempo.

-La comida estaba buena, ¿verdad?
-Sí, aunque prefiero la de mi “cafe”.
-Bah, quejica. Encima que te he invitado yo.
-Bueno, venga, gracias. –Adam iba recordando poco a poco más y más cosas de su antigua relación con Andrea, y a cada palabra que intercambiaban, él iba volviéndose a enamorar lentamente. Porque pocas cosas hay tan ciertas como “Quien tuvo, retuvo”.

Adam apareció a las 8 por su casa. Su madre estaba un poco preocupada porque éste no había avisado de que llegaría tan tarde. Él terminó excusándose y diciendo que había estado estudiando toda la tarde para el examen del sábado siguiente. Era una cruel mentira, puesto que odiaba mentirle a su madre, y mucho más mentirse a sí mismo. Sabía que debía haber estudiado, pero no había abierto el libro desde hacía semanas. El examen era dentro de una semana y media, pero su cabeza no estaba para el Derecho, ni mucho menos.

Cenó con calma mientras su mente estaba absorta en Andrea. Perdido completamente. ¿Cómo había sido capaz? Parecía que ya la había olvidado, y sin embargo ahí estaba otra vez. Él no lo sabía, pero había pasado de no dejar de pensar en Abril a olvidarla por completo. Andrea. A. Ene. De. Erre. E. A. Aquellas letras llenaban su cabeza, y la imagen perfecta de ella lo acompañaba. Me estoy volviendo loco.
Ayudó a su madre a recoger la cocina y se sentó con ella a ver un programa de viajes. Pero un sms repentino le distrajo de aquella familia que contaba maravillas sobre las islas hawaianas.
“Te veo a las 4 n la puerta d tu ksa. Traeme las laminas d dibujo q a mandad oy y t las copio.”

Siete. (Maca, lo prometido es deuda)

Sea como fuere, Adam logró meterse otra vez en su cama, y aunque llevaba dos meses soñando con Andrea, día sí y día también, por primera vez su mente se centró en otra persona, e inevitablemente pasó las dos horas siguientes soñando con aquella chica, simplemente rememorando una y otra vez el suceso tan extraño que minutos antes había ocurrido.

La mañana del jueves transcurrió con el aburrimiento característico de las clases de Álgebra los días que les tocaban a primera hora. Adam se pasó las dos horas seguidas de Álgebra dibujando en su cuaderno. Siempre le había gustado y se le daba bien. En sus bocetos no dejaba de esbozar el rostro de Abril. Su compañero de mesa, un chico que había pasado a ser uno de sus mejores amigos allí en clase, le preguntó que quién era esa chica. Adam, nervioso y tenso, respondió que era un personaje de cómic japonés.
Tras ese momento de vergüenza, Adam decidió guardar su cuaderno y trató de prestarle atención al profesor, aunque sin mucho éxito, pues continuamente desviaba su mirada hacia el sitio en el que Abril debería estar sentada, y sin embargo no estaba allí.

El resto del día se desarrolló entre ejercicios de Expresión Gráfica y preguntas constantes de los compañeros. Para Adam, aquella asignatura era su preferida y siempre sacaba sobresaliente en todos los ejercicios que la profesora les proponía. Era por esta razón que siempre, al subir al aula de diseños gráficos todos le pedían ayuda para resolver los problemas. A él le daba un poco igual, siempre estaba dispuesto a echarle un cable a todos, pero ése día estuvo muy borde y cortante, así que sus compañeros acabaron por alejarse.
Tenía que admitirlo. Estaba poniéndose nervioso. Quería ver a Abril y preguntarle infinidad de cosas, pero ella no había aparecido en toda la mañana, ni le había llamado ni nada parecido. Y sin embargo, extrañado, se dio cuenta de que no había pensado en Andrea hasta que ésta le mandó un sms: “Qdamos para comer? Me aptce vert. Un bso.”

Seis. (siento el retraso!)

-Fácil. Se lo diste a un chico de clase, nunca me acuerdo de su nombre. Le vi, y le dije que andaba detrás de ti, que si me lo daba. Por supuesto es mentira, no te vayas ahora a flipar.
-Vale. Como sea. Supongo que te referirás a Toni, que va conmigo a la academia.
-¡Sí! ¡Ése!
-Shh. Baja la voz, que no sé si está prohibido estar a estas horas aquí charlando tan ricamente.
Una sonrisa cruzó el rostro de Abril. Duró un segundo, pero fue suficiente para que Adam la viese. Y le gustó. Mucho. Unos colmillitos pequeños, blancos y afilados destacaban entre toda su perfecta dentadura. Era una de las cosas que más le gustaba observar en la gente: sus sonrisas. Y la de ella era preciosa.
-¿Qué miras?
-Nada. Bonitos… -labios- …pendientes. Son muy originales.
Era verdad. Volvía a llevar las huellas de pie en una de sus orejas.
-Gracias. Fueron un regalo.
Adam ya no supo que decir. No dejaba de darle vueltas a lo mismo: ¿por qué estoy a las 5 de la mañana con una chica a la que apenas conozco, y que encima me gusta? Con lo que me gusta Andrea. Siempre ha sido Andrea. ¿Por qué? Si esta chica tampoco es nada del otro mundo. Joder. Estúpido. Métete a dormir, anda.
-Me voy a dormir ya, que mañana va a ser duro.
-Vale. ¿Entonces no quieres saber cómo sé dónde vives?
-Hmm… vale, dímelo y me voy.
-No, no es justo. Me vas a dejar aquí fuera y eso no estaría bien. O me ofreces pasar o ya te lo cuento en otra ocasión.
-¿Qué dices? Mi madre está durmiendo. Me mataría.
-¿Y? No veo el problema.
-No, no. –Joder. Me gusta. Qué provocativa. Qué directa. Céntrate. En pocos días ves a Andrea. Céntrate. ­– Bueno, me voy ya. Hablamos mañana. Gracias por el abrigo.
-Como quieras. Pues nada, hasta mañana.
Como si se conociesen de toda la vida, ella le dio un beso en la mejilla y echó a andar calle abajo.
Adam, que todavía se estaba planteando si aquello era un sueño, se quedó parado, con el recuerdo en su mejilla de esos ardientes labios que le habían besado con más fuerza de la habitual en un beso de cortesía.

Cinco. (del jueves pasado)

A los cuarenta minutos de conversación, ella le propuso lo que él llevaba semanas deseando: que quedasen un día. El plan era simple. Ella saldría de Periodismo y se pasaría a recogerle para ir a tomar algo. Al final, Adam se despidió, y cuando colgó no pudo contenerse y se puso a bailar más contento que unas castañuelas. Sí. ¡Sí! Lo había conseguido. Uno de esos días quedaría con ella. SU Andrea. Y entonces podría pedirle explicaciones. Podría incluso pedirle una segunda oportunidad. Lo intentaría.
Con este nuevo optimismo, encendió el ordenador, buscó el álbum que grabó para la fiesta de fin de curso, y comenzó a sonar a todo volumen. Tomó su portaminas 0.5 con mina 2H y se dispuso a hacer la lámina que su excéntrica profesora les había mandado. Genial. Contento. Feliz. Esa noche las pesadillas no iban a aparecer. De eso estaba seguro. Al fin.

Jueves. 5 AM. El ligero temblor del móvil vibrando le despertó. Lo miró. No reconocía el número. “Desconocido”. Era un mensaje. Lo abrió y se quedó de piedra. “Soy Abril. Asómate a la puerta d tu ksa. Stoy aki. Sales?” Adam lo releyó unas cinco veces para estar seguro de lo que decía. Él no le había dado su número, y mucho menos le había dicho dónde vivía. El caso es que, ante la duda, decidió comprobar si todo aquello era real.
Rápidamente se vistió. Se puso unos vaqueros, una camiseta arrugada, se lavó la cara y se sacudió el pelo, que poco a poco iba creciéndole más y más. Perfecto. No era nada del otro mundo, pero estaba presentable.
Bajó las escaleras sin hacer ruido y abrió con cuidado la puerta de su casa. Casi se queda en shock al comprobar que era verdad. La chica-Rihanna estaba ahí plantada. Llevaba el mismo corte de pelo de los días pasados, sólo que en vez de tonos rojos ahora llevaba tonos azules, que hacían juego con el anorak de Adam, el cual sostenía con una mirada seductora.
-Hola. –dijo ella sin alzar mucho la voz.
-¿Pero…cómo…? –Fue lo único que pudo decir. Cogió las llaves de su casa, cerró con cuidado y se sentó en las escaleras. Ella hizo lo mismo y le tendió su anorak azul.
-Toma. Abrígate que la madrugada está muy fría.
Él obedeció. La verdad es que lo agradecía. Por fin, mi abrigo.
-Cuéntame. Me muero de la curiosidad.
-¿Por dónde quieres que empiece?
-¿Cómo tienes mi número?

10.2.11

Cuatro.


Por fin sonó el timbre que anunciaba el fin de la clase. Adam no lo dudó, y antes de que la criminal pudiese escapar, se lanzó al pasillo y la avasalló en su sitio.
-¿Qué? ¿Te acuerdas de mí? Creo que tienes algo mío. Lo quiero de vuelta, niñata.
-A ver, a ver. Lo primero, te calmas. ¿Qué dices?
-Lo que oyes. Ayer me robaste el abrigo. Lo quiero. Devuélvemelo.
-Mira, no sé de qué me hablas. Yo no tengo nada tuyo. –Y con aire altivo, cogió sus cosas, y dejando un poco en shock a Adam salió de clase. Él recogió como pudo sus apuntes y salió a buscarla. Corrió por el pasillo y la agarró del hombro.
-¡Suéltame!
-Que no grites. Mira, es fácil. Tú me devuelves mi anorak y yo te dejo en paz.
-¿Y por qué no haces tú otra cosa? Dé-ja-me-en-paz-a-mí. –Como si Adam fuese un niño pequeño, ella le soltó aquello sílaba por sílaba, y siguió su camino hacia la biblioteca.
-Venga, no te pongas así. Sabes que el plumas es mío. Si no me lo devuelves por las buenas, haré que los de la uni revisen el vídeo de  la cafetería y ahí saldrás y te la vas a cargar.
Ella pareció recapacitar un poco, mientras él buscaba desesperadamente la manera de recuperar el calentito abrigo.
-Va. Hacemos una cosa. Te devuelvo el abrigo si prometes invitarme a comer un día.
-¿¡Cómo!? ¡Encima! A ver, guapa, la choriza eres tú, y además quieres que te pague una comida. Tú flipas.
-No. Me la debes por quitarnos el sitio a mi amiga y a mí. Estoy siendo incluso buena, porque podría hacerte que la invitaras a ella también. Te estoy pidiendo que te gastes 4€ en el menú, algo que te gastarías en cualquier botellón cutre, pero a cambio te voy a devolver tu abrigo, el cual creo que podría revenderlo por mucho más que eso… así que créeme, sales ganando.
Adam se quedó asombrado del poder de convicción de aquella chica. La evaluó de nuevo: piel bronceada, pelo castaño con reflejos rojos, cortado muy muy corto, con un flequillo liso y largo que le cubría parte del ojo derecho. Ojos pequeños color sin definir, una camisa de cuadros rosas y blancos, unos pitillos negros ajustados y unas converse rojas. Realmente tenía estilo. La oreja izquierda tenía cuatro pendientes con forma de huellas de pie, y en la derecha llevaba una gran estrella plateada. En la nariz, un aro de plata le daba un aire rebelde, y en la muñeca se le entreveía un tatuaje cubierto por una pulsera de cuero grande. Era guapa, sin duda. Quizá un poco delgada para su gusto, pero guapa. No una belleza de revista; más bien una belleza salvaje.
-Bueno, si voy a invitarte a comer, al menos tendré que saber tu nombre.
-Abril.
-¿Abby?
-No. A-BRIL.
-Ahh. Vale. Yo soy Adam.
-Uh. El primer hombre de la tierra. Qué orgullo.
-Muy graciosa. Bueno, y ¿qué día quiere la princesa que la invite a comer?
-El viernes.
-Muy bien. Pero no hagas mucha hambre que te voy a pagar el menú más barato que haya.
-Va. Yo prometo traerte mañana tu abrigo.
-Oh. ¡Gracias! Qué amable. –Adam habló con el tono más irónico que pudo. Aquella chica le caía bien, era el tipo de carácter con el que solía ser compatible. El problema era que habían empezado con mal pie.

Los deberes se amontonaban en la mesa, pero Adam no tenía la cabeza en aquello en ese instante. Era la primera vez que Andrea hablaba con él desde que dos meses atrás terminase con su relación y dejase de hablarle. Un sms seco fue lo que desencadenó la tragedia. “Lo siento. Ya no estamos juntos.” Adam la llamó tras lo sucedido millones de veces, la bombardeó el Tuenti a privados, llamó a su casa, le mandó montones de mensajes, pero ella parecía haber desaparecido. Nunca hubo respuesta. Y él nunca supo el motivo de aquello.
Pero por fin, esa tarde,  al volver de la academia de Expresión Gráfica, su móvil había comenzado a vibrar. Adam no daba crédito. Andrea le estaba llamando.
A lo tonto llevaban ya media hora hablando. Ella le  estaba pidiendo perdón por su actitud pasada, y diciéndole que había sido mejor así, porque si no los dos habrían sufrido. En silencio, Adam se guardaba sus pensamientos, conteniendo su dolor, mientras simplemente rezaba porque ella no colgase el teléfono. Su voz. Ella. Un sueño frustrado.

4.2.11

Tres.

-¿Qué te pasa, Adam?
-Que juraría que he dejado aquí mi abrigo. Pero ya no está. Me lo han debido de mangar.
-¿Cómo era?
-Joder, pues la chupa que llevo siempre: la azul fosforita.
-¡Ah! Pues o hay una chica que la tiene igual que tú o ha sido ella la que te la ha robado. Llevo aquí desde la hora de la comida pasando unos apuntes con Tania, y me acuerdo de tu abrigo porque te he ido a saludar y se ha girado y he visto que era una chica, y entonces he pensado: ¡vaya! ¡tienen el mismo abrigo azul cantoso! –Paula se rió con una risilla cantarina. Incluso si Adam hubiese estado atento se habría percatado del vano intento de flirtear que ella estaba haciendo. Pero Adam sólo tenía una imagen en mente: la chica-Rihanna y su amiga la “pitufa”. Se van a enterar.
-¿A dónde vas? –le dijo Paula apresurada cuando vio que Adam se iba sin ni siquiera darle las gracias.
-A buscarla.
-Iba con otra chica. Un poco más bajita. Y no sé si dijeron algo de la academia “noséqué”.
-Ah. Gracias.
Uy. Sí. Qué útil. Con todas las academias que hay seguro que las encuentro. Tendré que esperar hasta mañana. Mierda. Choriza de mierda.
Así, el humor de perros de Adam volvió a sus orígenes, y tuvo que recorrer el largo camino hasta el Metro con su fina sudadera. Él no lo sabía entonces, pero el constipado que se ganaría por aquella jugarreta no sería lo único perjudicial para su salud que sacaría de todo eso. Ni se imaginaba lo que iba a sucederle en las próximas semanas.

Un día más en el infinito calendario universitario. Miércoles de un frío mes invernal. Adam se levantó corriendo para enfundarse sus vaqueros, aunque casi le parecieron más gélidos que el propio parqué del suelo. Cogió la primera camiseta que encontró en su armario, una sudadera amarilla de forro polar y se calzó sus Nike último modelo de Air Jordan, con ribetes amarillos también. Un par de galletas, su iPod plateado, la mochila, y corriendo calle abajo para entrar en calor antes de llegar a la parada del autobús. Una vez allí, conectó la música y dio gracias de tener esos cascos tan grandes que le servían de orejeras. Otra vez la misma lista de reproducción: “On-the-go-4”, pero era su favorita, y no lo podía evitar.

El autobús tardó menos de lo habitual en llegar a Madrid. Una vez allí, la ruta era sencilla: línea 10, trasbordo y Circular hasta Ciudad Universitaria. Al menos agradecía el calor que el metro le proporcionaba. Aprovechó los minutos que quedaban para llegar leyendo un par de páginas de Derecho, que aquel día les iban a preguntar. Odiaba tener aquella asignatura dos días seguidos, pero mejor aquello que tenerla un viernes. Trató de memorizar algunos conceptos extraños, pero era inútil, sólo pensaba en Andrea. No le había devuelto las llamadas, ni los mensajes, ni siquiera le había contestado por Tuenti. Estaba harto. Mejor dicho, estaba destrozado. Su corazón goteaba dolor al compás de Switchfoot. No pudo soportarlo más, y apagó el iPod, aunque se dejó los cascos puestos para combatir el frío.

Aliviado entró en el aula. El tenue calor humano le dio la bienvenida e hizo que la mañana fuese un poco más llevadera. El asiento, de manera inevitable, seguía siendo como sentarse sobre un cubo de hielo gigante, pero colocó un libro debajo y solventó el problema. Saludó a algunas caras conocidas, y a muchos otros que ya consideraba amigos. Le caían bien sus compañeros. Mientras echaba un vistazo buscando a su compañero de mesa se quedó helado, y no por el frío matutino. En tercera fila, en el bloque de la derecha, la chica-Rihanna charlaba animada con dos amigas. Adam no daba crédito. No sabía que ella fuese a su clase. Se va a enterar. Adam se levantó con ganas de montarle una escenita y que todos supieran lo ladrona que era, pero el profesor entró en el aula y tuvo que contener las ganas. Ella ni se percató de su presencia, pero él no pudo evitar pasarse toda la hora entera mirándola.